La historia del hombre desde que éste apareció sobre la faz de la tierra, con la excepción del tiempo en que vivió en el jardín del Edén, parece la historia de una gran tragedia, una trama escrita con un final determinado, como marcada adrede, obligada para el sufrimiento, para el dolor, para la más triste y aberrante de las vicisitudes.
Si ésta fuera analizada por los períodos históricos que han marcado la existencia de esta humanidad, uno se quedaría anonadado puesto que conociendo cada uno de los espacios en lo que el hombre se ha desempeñado el final es uno mismo, uno solo, una monolítica verdad que se eterniza con ribetes trágicos, deprimentes frente a lo que uno tiene que preguntase, ¿es acaso éste el propósito de nuestro breve paso por esta tierra?
He pensado así, al recordar entristecido el aniversario numero 40 del crimen más repugnante, despreciable y horrendo que se ha cometido en nuestra república y que manchó la vida apacible, grata de nuestra comunidad barahonera.
La República Dominicana había salido del régimen dictatorial de Rafael Leonidas Trujillo Molina, cuando un grupo de valientes dominicanos pactaron con el decoro para terminar el régimen criminal que desgobernó al país por 30 largos años y lo hicieron posible por la única vía abierta, por el único camino posible dejado por la dictadura para que la República alcanzara su libertad, el camino del ajusticiamiento.
Después, entre dificultades los dominicanos nos pusimos de acuerdo y elegimos un gobierno honrado que devino en la más auténtica esperanza de democracia y prosperidad, el gobierno del Prof. Juan Bosch.
Los remanentes del trujillismo, sectores ligados a la iglesia y la llamada oligarquía criolla conspiraron hasta de poner este ensayo democrático mediante un cuartelazo militar, con esto lograron detener hasta el momento las ansias de bienestar y superación de la nación dominicana, para defender sus derechos y la incipiente democracia, el pueblo se sublevó, se levantó en armas contra la injusticia, estalló la guerra de abril, los norteamericanos nos invadieron, pisotearon nuestra soberanía convencidos como estaban de que sólo por la fuerza se nos reducía a la obediencia.
El pueblo luchó sin descanso para cristalizar su ideal, fue necesaria la concertación que le fue impuesta por diferentes vías a los patriotas en armas, se convocaron nuevas elecciones y de ahí de unas elecciones cuestionadas, desacreditadas surgió el régimen de Joaquín Balaguer que nos humilló por doce largos años.
Robos, crímenes y la más espantosa represión marcaron esta era de doce largos años que por su maldad parecieron una eternidad, pero el pueblo nunca dejó de luchar, con las cárceles llenas de presos políticos, cientos de desterrados, innumerables perseguidos y toda suerte de violación de los derechos humanos.
En la noche del 15 de marzo del año 1970, el Movimiento Popular Dominicano (MPD) y la Línea Roja del Movimiento Revolucionario 14 de Junio, asumieron junto amplios sectores democráticos de la provincia la lucha por sus más elementales derechos: Libertad para los presos políticos, regreso de los exiliados, tierras para los campesinos y medio millón para la Universidad Autónoma de Santo Domingo y éstas consignas inundaron de patriotismo y de nobleza la geografía de la patria dominicana.
Fue un 15 de marzo de 1970, cuando estos grupos revolucionarios convocaron a una movilización en el parque de los Sueros, eran las 7:00 P.M. cuando una multitud de ciudadanos con sus puños levantados y con sus corazones henchidos de emoción recorrieron las calles de la ciudad reclamando democracia, libertad a un régimen caracterizado por las sistemáticas violaciones de los derechos humanos.
Las fuerzas represivas no se hicieron esperar, armas en manos salieron a sofocar, ahogar en sangre los sentimientos que como vientos huracanados recorrían todo el país dominicano, hubo consignas, quema de gomas, y un intercambio de disparos, después los revolucionarios se marcharon con la euforia dibujada en sus rostros.
En medio del silencio que procedió a tan emotiva movilización apareció el monstruo Lucas Del Rosario Medrano (Ráfaga), andaba sudoroso, eufórico, venía a cumplir la orden de matar cuatro, sin preguntar sus nombres, llegó al parque de los Sueros metralleta en mano, aquello no era un hombre, era una fiera herida, una bestia salvaje con ímpetu de violencia, cayeron en sus manos cuatro humildes ciudadanos, cuatro vidas inocentes, arrebatadas de los brazos de sus padres, robadas del barrio donde nacieron para llevarlas al fusilamiento sin ni siquiera ellos saber por qué.
Han pasado 40 años y al observar las fotos de estos hijos de Dios queda uno convencido de que no mataron cuatro hombres, Lucas Del Rosario Medrano, la noche del 15 de marzo del año 1970 asesinó la inocencia de la Patria Dominicana, no eran políticos, no se movilizaron nunca y jamás ofendieron a nadie, para recibir una muerte tan inmerecida.
De este crimen nadie fue llevado a los tribunales y aunque sobre Lucas Del Rosario Medrano recayó la responsabilidad absoluta de este hecho, la comunidad se ha preguntado siempre: ¿Quién fue el autor intelectual de esta tragedia, de que labios salió la orden de matar?, en el entendido de que una orden de tal magnitud, de que un hecho tan terrible no lo puede cometer un simple sargento.
Cuarenta años después lo único que nos queda es rogar a Dios por el descanso eterno para Eusebio Reyes, símbolo de la juventud barahonera, asesinado por quienes debieron siempre proteger su vida. Para Teodoro Torres, un obrero del ingenio que lo único que hizo fue trabajar para el sustento de su familia. Para Gilberto Díaz, a quién no le respetaron sus canas, su cara de hombre viejo que inspiraba respeto y para Rafael Sánchez, que murió junto a su padre en la flor de su juventud sin más pecado que transitar las calles del pueblo que le vio nacer y recordar a los autores intelectuales de este crimen convertido en tragedia, "que el crimen no prescribe nunca en la conciencia de quien lo cometió".
¡Paz eterna a los asesinados en El Estero!
Recordarlos siempre será la mejor forma de impedir que hecho como éste vuelvan a repetirse.