(UN RELATO CORTO)
Era joven, bella y profesionista. Por demás, un tanto extrovertida y coqueta.
Nuestro encuentro, el resultado de la confrontación entre lo casual y lo necesario. Lo casual son los platos por lavar. Lo necesario son los platos por romper.
En nuestra segunda cita mientras bailamos, nos confesamos nuestro amor. Con alegría desbordada, la abracé y le di el primer beso. Ella, ruborizada, con cierta timidez, cerró sus ojos para que mis miradas pudieran bañarse en sus lágrimas.
La soledad no es buen armario para esconder recuerdos.
La pasión desbordada no necesita espejos.
Los dos mordimos el silencio, como se muerden sueños y almohadas.
Nos casamos, cada uno buscando acomodarse a su propia intimidad. Ella era mi primer amor. Yo, su decimoséptimo marido. Yo no tenía prisa en divorciarme. Ella, sí. Me dijo: “naturalmente, el décimo octavo será más joven que tú”.
Y así fue.