Las noticias que llegan de Haití desde el pasado 12 de enero dan cuenta de un país arrasado y con importantes secuelas dejadas por el fuerte sismo sobre la población y la estructura política, económica y social de esta isla del caribe, la nación más pobre del continente americano.
Hay quien compara esta situación con la existente después de los terremotos ocurridos en 1771 y en 1842, salvando por supuesto la distancia en el tiempo, o con un país devastado por una guerra. Los daños son muy serios: entre 100 mil y 200 mil muertos, un sin número de personas mutiladas, miles de niños que quedaron huérfanos, más de un millón de personas quedaron sin viviendas, destruidos símbolos del Estado como el Palacio Nacional, las grandes escuelas y la catedral de Puerto Príncipe.
A este drama habría que agregar las dificultades para que la ayuda internacional llegue a este sufrido pueblo. El gobierno de Estados Unidos envía unos 16 mil soldados armados hasta los dientes, cuando en realidad lo que se necesita en este país son medicinas, alimentos, personal médico para salvar vidas, evitar se propaguen enfermedades y organizar la recuperación de la isla.
Según la agencia de noticias Associated Press, el gobierno de Haití está recibiendo menos de un centavo por cada dólar que Estados Unidos gasta en los esfuerzos de ayuda para ese país. Treinta y tres centavos de cada dólar son destinados a la asistencia militar de Estados Unidos, más del triple de los nueve centavos por dólar que se gastan en alimentos.
Pero la situación en Haití era muy crítica antes del sismo: Más de 3 millones de analfabetos, una elevada mortalidad infantil y desnutrición en los menores, la esperanza de vida más baja del continente, un 95% de las edificaciones construidas por manos no profesionales, inestabilidad social, alta tasa de desempleo, ausencia de una infraestructura económica e industrial y presencia de una fuerza de “paz” de la ONU, que según esta organización , tiene como objetivo restaurar la paz y garantizar la seguridad en el país.
Ahora se habla de un programa de reconstrucción del país que le permita vivir a los haitianos como seres humanos; al parecer antes no era necesario. Cuba colabora con sus modestos recursos con Haití desde la década de los 90, en un grupo de Proyectos en las áreas de la salud, la educación, la energía, las comunicaciones y otros. En el momento del sismo laboraban en este hermano país más de 300 colaboradores del sector de la salud, 25 maestros participaban en la campaña de alfabetización, entre otros cubanos que prestaban su colaboración en la tierra de Toussaint L’ Ouverture.
Cuba, como dijera Fidel Castro, envía a Haití médicos y no soldados, como lo hace el imperio del norte brutal, que una vez más pone en funcionamiento su maquinaria bélica, bajo el pretexto de participar en la recuperación de la isla, con objetivos hegemónicos y quien duda, con el superobjetivo de establecer en el futuro una base militar que se sumaría a las de Colombia y Panamá.
Si bien varios gobiernos y los pueblos han reaccionado positivamente frente al desastre de Haití, es imprescindible mantener esa solidaridad. Que el paso del tiempo no convierta en sueño la idea y necesidad de rehacer la vida en este hermano pueblo.