Decía, hace algunos días, el evangelista Pat Robertson, en pretendida explicación de la catástrofe ocurrida recientemente en Haití, que fue provocada, al igual que otros acontecimientos aciagos de los tantos que han afectado a ese empobrecido país, por un supuesto pacto con el diablo, realizado por los libertadores de esta nación con la intención de liberarse del yugo francés.
Para todos los historiadores de verdad, la independencia haitiana es el fruto de los esfuerzos de Toussaint Loverture y Jean Jacques Dessalines, pero para la mente retorcida de un lobo disfrazado de oveja, para la realización de esa gesta fue imprescindible la intervención de satanás.
¿Qué consecuencia, para otras tragedias humanas, acarrea esta afirmación desaforada de éste conocido evangelista?
Si de las desgracias humanas sucedidas a lo largo de la historia a determinados pueblos y etnias, pueden deducirse, según el criterio de Pat Robertson, pactos satánicos que las justifiquen, entonces hay que convenir que el pueblo de Israel, tan valorado por las diferentes sectas evangélicas, víctima del holocausto nazi que le costó la vida a seis millones de sus miembros, también pactó con el maligno, e igual hicieron las víctimas del huracán Katrina, allá en territorio norteamericano.
También habría que llegar a igual conclusión respecto a la tragedia de Guyana, en donde Jim Jones, evangelista como Pat Robertson, envenenó a casi mil de sus seguidores, incluyendo niños y niñas, en uno de los más oscuros episodios del fanatismo religioso pseudo cristiano.
Igual tendríamos que pensar acerca de la gente de New York que el 11 de septiembre del 2001 vieron sucumbir el World Trade Center durante aquellos legendarios atentados. Y que decir de una de las familias más emblemáticas de los Estados Unidos, los Kennedy, cuyos miembros más destacados han sido asesinados o muertos en extrañas circunstancias.
Si algo importante puede deducirse de criterios tan pobres como el enarbolado por Pat Robertson para pseudo explicar lo ocurrido en Haití, es precisamente la justificación del ateismo de muchos que, atendiendo a las declaraciones de quienes supuestamente tienen la misión de salvar las almas perdidas, prefieren seguir de espaldas a las prédicas de aquellos que esconden detrás de sus doctrinas la insensibilidad ante el dolor humano.