En la Provincia de Quebec, donde se encuentra la ciudad de Montreal, se ha escrito mucho en los periódicos sobre la violencia, que no deja de tomar proporciones alarmantes en la República Dominicana. Después de la muerte de Jean Gagne, un ciudadano de origen canadiense asesinado en Puerto Plata y oriundo de esta provincia, aquí sólo se habla de eso, sobre la inseguridad que se respira y que toca, no solamente ya a los dominicanos, sino que trasciende y llena de luto a familias extranjeras que viven en estos momentos las consecuencias del "laisser faire", dejar hacer, del gobierno dominicano.
Jean Gagne fue asesinado el 30 de diciembre de un disparo en el pecho en su propia habitación de una villa privada que él había alquilado en Sosúa a su llegada a nuestro país. El día anterior, el 29 de diciembre, caía también el comerciante de origen noruego erradicado en el país, Tore Wilhem Karlsem, encontrado bañado en sangre después de haber sido asesinado a palos y a cuchilladas por elementos pertenecientes al crimen. También vale la pena destacar la muerte del americano Jack Pompeani Philips, secuestrado el 13 de enero, asesinado, y luego encontrado muerto, enterrado en su propia residencia de la calle Pasteur, de Gáscue, en la capital dominicana por sus asesinos.
Una muerte es ya demasiado, pero cuando ya son varias, el gobierno debe moverse. Decir algo. Hablar. Porque no son cerdos los turistas que vienen a dejarnos sus dólares, son seres humanos con familias, con hijos, con padres y madres; en fin, esas muertes envían un mensaje negativo a los turistas potenciales, que lo primero que averiguan antes de elegir una destinación es lo seguro del lugar y las garantías de llegar a casa sanos y salvos, y con el agrado de haber pasado unas buenas vacaciones, alejados de los problemas cotidianos y del estrés, más evidente en los países desarrollados.
Éste turista canadiense fue atracado en su propia habitación, asesinado brutalmente y sin ningún escrúpulo, en un complejo turístico supuestamente seguro. Antes eran seguros, porque ya para la delincuencia no hay lugares seguros y ella se reserva el derecho de atacar donde le plazca, no importando lugar, clase, social ni raza. En este país nadie está seguro.
Este tsunami de crímenes violentos, que se vive en República Dominicana debe considerarse como un problema de Estado, debido a la importancia que representa el turismo para la economía de nuestro país. El gobierno debe tomar medidas concretas y enviar un mensaje inequívoco de lucha contra el crimen, tanto a la población como a los países que suministran el grueso de turistas que cada año vienen y nos dejan el "cash" que sirve de oxígeno a la economía Dominicana. Si los turistas potenciales de Canadá, EEUU y Europa se llenan de pánico, el día a día de los dominicanos se tornará más difícil ya que es sabido que en el turismo se mueve mucho "cash", y muchas personas que viven en los alrededores de esos centros turísticos se benefician directa y cotidianamente de esa industria que nosotros llamamos, con razón, la industria sin chimenea.
El gobierno, o el PRD, deberían llamar a una cumbre... la cumbre contra la violencia, donde se pongan al día políticas claras y serias contra la violencia y el narcotráfico, este último responsable de una buena parte de ese flagelo que mantiene a los ciudadanos honestos en una especie de toque de queda, donde salir después de las siete de la noche, es una aventura muchas veces arriesgada y temerosa. Juntos todos podemos, pero necesitamos una verdadera voluntad de parte de los líderes políticos que muchas veces con su silencio se hacen cómplices de los problemas que nos aquejan como nación.
El autor es vice-presidente del PRD en Montreal.