Cuando Barack Obama, el flamante presidente negro norteamericano, ascendió a la presidencia de los Estados Unidos, generó inmediatamente muchas expectativas en torno a su plan para la solución de la crisis económica que azota al mundo globalizado y la manera en la que gobernaría a los Estados Unidos. Semanas y meses después de tomar las riendas del poder, ha sido motivo de muchas críticas por parte, principalmente, de sectores de la izquierda que han visto en sus ejecutorias los mismos elementos que caracterizaron a la administración anterior.
¿Son justas las críticas contra el Presidente Obama? Quienes fundamentan sus críticas en aspectos como el retiro de las tropas norteamericanas de Irak y Afganistán o en un cambio radical de las políticas del Departamento de Estado hacia esos países y otros, en especial, de América Latina, pecan de precipitados e ignoran cómo es la estructura de poder en los Estados Unidos. Obama, en los primeros meses de su gestión, no puede, pues sería una estupidez, agenciarse el enfrentamiento contra el Pentágono y las industrias armamentistas, por un lado, ni con Israel y los organismos de seguridad de su país, por el otro. Eso sería una autoinmolación, una rotunda metida de patas, un equívoco que nadie se lo celebraría excepto los románticos del anarquismo ideológico, ansiosos de nuevos íconos que plasmar en camisetas y posters.
Obama, el primer Presidente negro de los Estados Unidos, el primer negro que fue escogido como editor de la prestigiosa revista jurídica Law Review, de la universidad de Harvard, ha dado muestra de ser un hombre sensato, comedido, cuyas actuaciones no están sujetas a estados emocionales momentáneos, y que entiende que la nación que está gobernando necesita cambios estructurales para que pueda salir adelante.
Pero también entiende que imponer rápidamente los cambios que se necesitan es chocar de frente contra un poder extraordinario con capacidad para aplastarlo y sustituirlo sin mayores traumas, como ya ha ocurrido otras veces en ese país.
Quienes critican al Presidente Obama, pasan por alto las condiciones y características del poder político norteamericano, el cual ha sido capaz de borrar de su propio territorio, no sólo a cuatro inquilinos de la Casa Blanca, sino a otros que han representados amenazas graves para el “stablishment” debido a sus ideas, como han sido los casos de Martin Luther King, Malcom X y Bob Kennedy.
Aconsejar o presionar a Obama para que choque de frente contra ese poder temible, es tenderle una encerrona y atentar contra su permanencia en la Casa Blanca, pues no es posible enfrentar tan extraordinario poderío y salir airoso.
Lo primero, y más importante, que debe hacer, y está haciendo, Obama es enfrentar la grave crisis que azota a la economía mundial, devolviendo la confianza en los grandes mercados financieros. Luego, realizar progresivamente los cambios necesarios dentro de la estructura de poder norteamericana para posibilitar el desmembramiento de una élite que parasita, y ha parasitado, sobre el presente y el futuro de los Estados Unidos y el mundo.