En cierta ocasión un perico, que así se llamaba, se comprometió a enseñarle a hablar a un burro, que así se llamaba también; en cambio, el burro le enseñaría al perico a rebuznar. Las intenciones del perico estaban claras: vivir a costa del burro para hacerle honor al refrán aquel que dice que ¨el vivo vive del bobo y el bobo de su trabajo¨. En cuanto al burro, sus intenciones no estaban claras, sobre todo por su devota dedicación a engullir hierba y el hermético silencio que guardaba al respecto. Sorteando las dificultades propias de la ocasión y mediante sencillos artificios que nosotros ignoramos y un método didáctico que sólo el perico conoce, logró éste enseñarle a hablar al burro y en adición a esto alfabetizarlo. Quiso entonces el perico que el burro cumpliese con su parte pero en las condiciones señaladas por él.
-Iremos de feria en feria -dijo el perico- y cobraremos por la estrada. No todos los días aparece un burro que habla enseñando a un perico a rebuznar.
-De acuerdo- le contestó el burro pero tendrás que esperar a que escriba un libro.
El perico asintió. Eso lo haría más rico. Un burro que habla y encima de eso escritor.
Pronto se enteró el perico de que el burro había finalizado su libro y de que inclusive había sido galardonado por sus méritos literarios y sus dotes excepcionales como escritor. Voló el perico a donde se encontraba el burro firmando autógrafos y le dijo:
-Sr. Burro, Ud. ha terminado su libro, ahora podrá cumplir con su parte del trato
-Claro, Sr. Perico –le dijo el burro. Pero primero le voy a autografiar mi libro que le será a Ud. de mucha utilidad al leerlo y luego me firmará este contrato que me otorga el 90% de las ganancias y a Ud. el 10%.
-¡Demonios! -grito el perico- el burro me ha tomado por tonto. Las palabras del burro y la simple lectura de la portada del libro intitulada: ¨Cómo engañar a un perico¨ le mostraron al Sr. Perico que no era tan burro el burro, como lo pintan.