Casi no debía ser noticia una tentativa de Golpe de Estado en América Latina, mucho menos en Ecuador, donde la historia registra una cantidad de ellos verdaderamente impresionante e incluso hay presidentes a los que les han dado más de uno.
Pero el golpe que se intentó y fracasó el 30 de septiembre contra el presidente Rafael Correa es excepcional porque fue una movilización popular lo que lo frustró.
Históricamente, los golpes de Estado ejecutados a partir de la concertación de las voluntades de la oligarquía, los militares y la embajada estadounidense, tan evidente en esta ocasión, han sido considerados incontenibles, no solo en Ecuador, sino en todo el continente.
Nadie duda, aunque muchos prefieren ignorarlo, que el director de la orquesta está en Washington y que este paso forma parte de la gran operación que pretende frenar la derivación a la izquierda que ha venido caracterizando el acontecer político latinoamericano en medio de la crisis global de la hegemonía estadounidense y la debacle del modelo neoliberal en el continente.
Las experiencias del reciente golpe en Honduras, ejecutado por una similar combinación de factores, debían haber aconsejado a la extrema derecha de Estados Unidos, que controla la política de esa nación por encima de su gobierno, su congreso y sus instituciones, no repetir los errores que se hicieron visibles en Honduras donde, pese a que la acción fue exitosa, su costo político fue demasiado alto para la superpotencia en las condiciones de su debilitada autoridad como líder mundial.
Para las fuerzas populares ecuatorianas también la lección de Honduras sirvió de advertencia y, en su reacción ante la asonada, dieron muestras de una inédita unidad que habrá de sentar pauta.
Los grandes medios privados de comunicación pertenecientes o controlados por la oligarquía desempeñaron un vergonzoso papel en la creación de las condiciones propicias para la acción golpista que se llevó a cabo con fachada de insurrección policial llamada a conducir a una crisis institucional encaminada a forzar la remoción del presidente constitucional o su ejecución “accidental” en caso de resistirse al arresto policíaco.
Manipulando u omitiendo noticias y declaraciones oficiales, esos medios contribuyeron a la desinformación y desorientación de las fuerzas policiales. Mintieron y tergiversaron los acontecimientos, en función del proyecto golpista.
La ciudadanía ecuatoriana se había movilizado pacíficamente en varias ocasiones anteriores para deponer a presidentes ineptos, corruptos o traidores, como Abdalá Bucaram, en 1997; Jamil Mahuad, en 2000 y el Lucio Gutiérrez, en 2005.
Pero esta vez la movilización estuvo encaminada a impedir que fuera derrocado un presidente que goza de fuerte apoyo popular y es respetado, incluso, por fuerzas políticas que disienten en algunos aspectos de su gestión de gobierno pero que ven en Rafael Correa al mandatario honesto cuyos propósitos progresistas y métodos democráticos dan cabida a las aspiraciones de toda persona o grupo en el modelo de nación que persigue larevolución ciudadana.
En el registro de comunicaciones de la Central Radio Patrulla de la Policía Nacional se registraron grabaciones que prueban que en los momentos más críticos del rescate al presidente Correa, los policías sublevados que bloqueaban la salida y las inmediaciones del Hospital de la institución tenían la intención o la orden de atentar contra la vida del Jefe de Estado.
A los ecuatorianos no les extraña que detrás del intento de golpe de Estado en su país esté el gobierno de Estados Unidos, dado que es vox populi hace muchos años, desde la época en que era presidente José María Velasco Ibarra, cómo la CIA penetra e infiltra instituciones gubernamentales, organizaciones sociales, medios de comunicación, movimientos políticos y sindicatos en los que recluta agentes que le sirven como informantes, saboteadores u otros fines subversivos para socavar gobiernos que considera hostiles o para detectar anomalías en regímenes que aprueba.
Según encuesta realizada por una firma estadounidense luego de los acontecimientos del 30 de septiembre, más del 50% de los consultados consideran que Estados Unidos apoyó la tentativa de golpe de estado contra el Presidente Rafael Correa.
Fundadas sospechas indican que la CIA pudo haber utilizado para organizar el golpe a seguidores del coronel Lucio Gutiérrez, ex presidente que traicionó al movimiento indígena que lo llevó al poder en 2005, y fue depuesto por movilización popular en 2007.
El golpe del 30 de septiembre pudo ser detenido porque la movilización popular se desarrolló con gran dinamismo y coraje; porque la resistencia fue acompañada por una rápida y efectiva solidaridad internacional y, sobre todo, por la valentía y el talento que mostró el presidente Rafael Correa, que hizo recordar el comportamiento ocho años antes, en similar situación de peligro para su vida, del líder revolucionario venezolano Hugo Chávez.
Es indudable que el movimiento ciudadano ha salido fortalecido y Rafael Correa más comprometido aún con su base popular.