Cuando el general Dwight Eisenhower agrupó al conjunto de industrias que engrosan la producción de armamentos de los Estados Unidos lo llamó Complejo Militar Industrial. Desde los atentados del 11 de Septiembre del 2001 hizo su aparición y crece velozmente otro engendro: el de las agencias oficiales y privadas que se dedican al espionaje interior.
Su tarea consiste en detectar los intentos de terrorismo en los Estados Unidos. En la actualidad el número de esos organismos asciende a por los menos 1,271 del gobierno y a 1,931 organismos espías de compañías particulares y el de su personal, a 854,000 agentes que trabajan en programas establecidos en unos diez mil puntos dentro de los Estados Unidos.
La publicación en el Washington Post de la existencia de esas agencias espías despertó cierto pánico en el Pentágono y la Casa Blanca. La oficina del director de inteligencia nacional emitió un memorandum interno diciendo: "Se recuerda a los empleados que no deben confirmar ni negar la información aparecida en este medio o en cualquier otro. También deben recordar que si periodistas o personas no autorizadas los contactan para averiguar sobre su trabajo, deben informar del hecho al funcionario de seguridad que corresponda". ¡Secretos son secretos!
Ese enorme aparato de espionaje requiere alojamiento. Desde el 11 de Septiembre de 2001 se han construido y se construyen 33 sedes en Washington y sus alrededores. A unos siete kilómetros al sudeste de la Casa Blanca se erigirá la que el Departamento de Seguridad Interior compartirá con el cuerpo de guardacostas.
El Departamento de Seguridad Interior, con sólo siete años de existencia, posee sus propios programas, su propia flotilla de vehículos blindados y un personal de 230,000 empleados.
La Oficina de Seguridad Nacional intercepta y almacena cada día 1,700 millones de correos electrónicos, llamadas telefónicas y otros tipos de comunicación, captados mediante distintos equipos electrónicos.
Eficaz o no, el volumen de negocios creado por la labor de seguridad aumenta a pasos agigantados. "El 20 por ciento de las organizaciones del gobierno que se dedican a enfrentar la amenaza terrorista se establecieron o remodelaron como consecuencia del 11 de Septiembre", señala la investigación de The Washington Post para continuar afirmando que muchos organismos espías que existían antes de los ataques se desarrollaron en proporciones históricas en razón de que el Congreso y el gobierno de Bush les otorgaron más dinero del que eran capaces de gastar con responsabilidad.
En efecto: el presupuesto de las actividades de Inteligencia que se anunció públicamente el año pasado asciende a 75 mil millones de dólares, 21 veces más que antes de los atentados del 11 de Septiembre del 2001 Esta infusión de dinero multiplicó el número de organismos y agentes.
Esta tendencia ya era clara en el sector privado. La inversión en aparatos y sistemas de seguridad superó las ganancias de una industria tan sólida como el cine: 59 mil millones de dólares contra 40 mil, según el Departamento de Seguridad Interior. El punto de partida fueron los aeropuertos, pero hoy esa industria produce sistemas de detención de naturaleza química, biológica y radiológica, así como dispositivos de seguridad para fronteras, ferrocarriles, puertos y plantas nucleares.
Los analistas de esas agencias de espionajes producen 50,000 informes cada año, imposibles de leer en una sola vida. El gran poeta inglés William Blake dijo que el camino del exceso conduce al Palacio de la Sabiduría. En materia de espionaje, a los Estados Unidos le sucede exactamente lo contrario.