¡Señores, ahora todo el mundo quiere reivindicar a Juan Bosch!
Es sorprendente la cantidad de personas que en la coyuntura política actual presumen de ser admiradores del cuentista dominicano más conocido internacionalmente y fundador de dos de los partidos mayoritarios del país: el PRD y el PLD.
Curiosamente, muchos de los que hoy lo elogian y publican poemas, ensayos y documentales, cuando estaba vivo no le hacían caso. O lo objetaban alegando que tenía mal carácter.
Algunos “genios” llegaron a afirmar que Bosch no era buen cuentista y que era un pésimo dirigente político.
Otros aseguraron que estaba loco.
En medio de los dardos que le lanzaban, Fidel Castro colocó sobre su pecho la máxima condecoración que otorga el gobierno cubano: la orden José Martí.
Fidel, compañero suyo en la expedición que salió de Cayo Confites en 1947 para derrocar al tirano Trujillo, fue de los contados líderes que reconoció sus méritos en vida.
Pero ahora asistimos a una especie de beatificación de Juan Bosch. A sus adversarios de ayer, hoy sólo les falta pedir al Vaticano que lo declare Santo.
Algo que la Iglesia nunca hará, pues Bosch nunca le gustó.
Los ataques más virulentos salieron de sacerdotes ultraconservadores como el padre Laútico García, con quien tuvo un famoso debate por televisión.
Creemos que el secreto de tan repentino amor por Juan Bosch reside en el hecho de que éste, una vez muerto físicamente, es más rentable en términos económicos y políticos.
Y lo están explotando.
Independientemente de que Bosch cometiera cualquier error o tuviera defectos, el doctor César Pina Toribio acaba de señalar en la puesta en circulación del libro “La democracia revolucionaria”, una acción de Bosch que merece ser escrita con tinta china:
Cuando comenzó a sentir los efectos de su enfermedad, convocó al Comité Político de su partido para informarlo y preparó las condiciones para ser sucedido en el PLD, lo cual no ha sido hecho por ningún otro dirigente nacional de partido alguno.
Esto merece ser ventilado públicamente, tomando en cuenta que aquí la mayoría de los dirigentes políticos creen que nacieron para semilla o que los cargos que ocupan son vitalicios.
El relevo generacional y la alternabilidad en el mando son malas palabras.
Y en estos aspectos Bosch sí dio buen ejemplo, pero hay resistencia a seguirlo.
Especialmente por quienes quieren que nos traguemos el cuento de que son más boschistas que Bosch.
El autor es periodista, teatrista y escritor.