DE BOLEROS, BOLERISTAS... Y ALGO MÁS.
La importancia geopolítica de San Juan de la Maguana quedó evidenciada inmediatamente después del ajusticiamiento del dictador Rafael Leonidas Trujillo y Molina. Reputada como una provincia rica, de gente trabajadora y progresista, San Juan contaba entre sus valores más preciados a una juventud que había asimilado más que ninguna el dulce sabor de la libertad, conculcada durante tres décadas y precisamente a esa juventud iban a ser dirigidos los cañones del imperialismo yanki a través de una avalancha indetenible de propaganda.
La "inteligencia" norteamericana había captado la nunca disimulada simpatía que había despertado entre el segmento joven el triunfo guerrillero del comandante cubano Fidel Castro Ruz. La entrada triunfal de Fidel y sus "barbudos" el 1 de enero del 1959 a La Habana había despertado una euforia tal que todos los jóvenes en algún momento de nuestras vidas soñamos con parecernos a Fidel, y de ser parte del ejército revolucionario que resistió en la Sierra Maestra hasta vencer a las fuerzas del sargento auto ascendido a general de Fulgencio Batista y Saldivar.
Todos fuimos Fidel, Camilo o Ernesto y eso lo sabían Trujillo la CIA, el FBI y todo el que lo quería saber.
Muerto Trujillo, nos quedaba el escollo por vencer de un taciturno, frío y calculador hombre que a paso lento, pero seguro, había escalado las más altas posiciones del estado dominicano hasta quedar colocado por designio del Generalísimo en la cúspide del poder político, me refiero a Joaquín Balaguer Ricardo.
Mal calificado como "muñequito de papel" Balaguer demostró en la práctica de su sangriento paso por la Presidencia de la República que no le temblaba el pulso para borrar de la faz de la tierra a quien se opusiera a sus designios; era un hombre de tal frialdad que alguien alguna vez dijo que este se podía tragar de un bocado un tiburón podrido sin apenas eructar; era hipócrita, desleal, sinuoso, afectivo cuando le convenía, un maestro del cinismo y la maldad.
Joaquín Balaguer tenia más de una cara, algunas veces coqueteaba con la izquierda y otras, las más, se presentaba como lo que realmente era: un derechista radical y atrasado, capaz de venderle su alma al diablo y de permitir si eso le convenía que los servicios de inteligencia norteamericanos entraran como Pedro por su casa al territorio nacional a hacer lo que les viviera en ganas.
Dentro de esa gama de especimenes, que nos invadieron desde los estercoleros gringos estaba un personajillo repulsivo de nombre Gustavo Marin. Gustavo era (o es) cubano, bajito y con una repugnante y pronunciada joroba, llegó a San Juan cualquier día con un montón de peliculitas y libros, en 1963, buscando infiltrarse en la juventud catorcista. Lo recuerdo hablando con los muchachos en cualquier esquina sanjuanera, haciéndose el gracioso, hablando pestes de la revolución cubana, "guillándose" de prócer y regalando libros" que hablaban de la libertad "como si fuéramos pendejos o retrasados mentales, incapaces de descubrir la verdadera esencia de esas charlas informales y esquineras.
Como no soy psiquiatra no podría relacionar la relación entre la desagradable presencia física de este sujeto, con lo insustancial de sus monotemáticas charlas, pero por experiencia propia puedo asegurarles que de sólo verle la joroba, medio pleito ya lo tenia perdido.
Gustavo Marín pertenecía a la avalancha de "lideres" cubanos que partieron al exilio estableciéndose en Miami, recibiendo como misión de redentor el visitar varios países de America Latina para "alertar a la juventud del peligro que representaban Castro y su gente".
Los métodos de los servicios de inteligencia norteamericanos, por lo menos en esa época no tenían nada de sofisticados, no había tiempo para perfeccionarlos creo yo, y mayormente consistían en ubicar las células dirigenciales de los partidos emergentes y agrupaciones de izquierda, tratar de corromperlos y/o comprarlos, y de no lograrlo, entrar directamente al núcleo de los meros simpatizantes, de las amas de casa, de padres de familia... de gente común.
¿Cuántos cines había en San Juan para la época? Uno solo, el Antonieta, por lo que al personaje de nuestra historia, o a sus mentores, yo que se, se les ocurrió la brillante idea de proyectar películas gratis en las esquinas más pobladas de San Juan. Justo a las 7 de la noche cientos de muchachitos, jóvenes y adultos sacaban sillas de sus casas se sentaban cómodamente y presenciaban fascinados la preparación del improvisado cine: una sabana blanca, que servia de telón, la delicada instalación del cableado del aparato proyector, la colocación de los rollos todo a cargo de una persona que sin saberlo y me consta, estaba sirviendo de puente para un sutil sistema de propaganda contra revolucionaria, esa persona a quien profeso el mayor de los cariños fue sorprendido en su buena fe, al punto que al darse cuenta del engaño mandó todo al diablo y renunció, me refiero al profesor Tancredo Ramírez.
El plan de Gustavo Marin tenía tres fases: las películas, las charlas en lugares públicos o privados y el regalo de libros. Recuerdo que uno de esos libros: "Las cadenas vienen de lejos", del poeta Chileno Alberto Baeza Flores, era la joya de la corona. Con más de 300 páginas, muchas ilustraciones y una escritura fácil de asimilar, me costó mucho leerlo, lo hacía a ratos, pero lo hice convencido de que a veces la literatura puede ser contestataria o simplemente un vehículo maldito para la propaganda más abyecta y mentirosa.
La presencia de Gustavo Marin en San Juan duro lo que tenia que durar, dejó una estela de desagrado y repulsión en nuestra ciudad, allá quedaron por un tiempo las peliculitas y los libros enviados por la sección cultural de la Embajada de Los Estados Unidos a través de la USIS (unidad cultural de la misma), pero lo que duró más allá de su presencia fue el hedor que nos dejó a todos.
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