Por: JOSÉ DANILO DOMÍNGUEZ | 8:17 PM(Relato corto dedicado a Angel Ernesto Rodríguez y Máximo Cofresí)
No voy a hablar de mi dolor sino del dolor de la señora Urrutia. La señora Urrutia era mi madre hasta que el general Fenelón Ramírez mató a mi padre y a mi hermano. A mi no me mató, pero me dejó parapléjico, condenado para siempre a una silla de rueda. Yo estaba tirado en el suelo, malherido, con la cabeza recostada sobre el cuerpo yerto de mi padre, cuando al general Fenelón Ramírez se le acabaron las balas del revolver. “Ahora te toca a ti”, me dijo “yo nunca he dejado un enemigo atrás”. Se tomó su tiempo para recargar el arma. “Es como matar una cigua, así de fácil”. Un poco más allá estaba el cuerpo sin vida de mi hermano, frágil, delicado, como un velero que navega en un mar de sangre, agujereado por las balas. El general Fenelón Ramírez no volvió a dispararme. Mi madre se le interpuso rogándole que no me matara, diciéndole que si me perdonaba la vida sería su mujer, la mujer del asesino de su padre, mi abuelo Carlos Urrutia; de su esposo, mi padre, Vicente Vásquez y de mi único hermano Raúl Aníbal Vásquez. Ella, Carmen Urrutia, la mujer que todo el mundo decía que le pesaba el ruedo del vestido porque había nacido para ser mujer de un solo hombre, horita, a cambio de mi vida se le ofrecía como querida al General Fenelón Ramírez. “Haré lo que usted quiera“, le dijo mi madre, “yo seré su mujer”. Y el general Fenelón Ramírez aceptó el trato. El era el padrote del pueblo, y ahora tenía a la única mujer que se le había negado. Se le negó cuando tenía doce años y no tenía novio, y se le negó cuando tenía trece y ya andaba de amoríos secretos con mi padre. Se le negó a los catorce cuando el general Fenelón Ramírez fue a pedírsela a mi abuelo, y éste le contestó que él no mandaba en el corazón de su hija, y menos si ya tenía dueño. Mi abuelo fue a donde el padre Miliano, para hablarle de la ceremonia nupcial, pero el cura no quiso, dijo que el no casaba muertos, que Vicente Vásquez y Carmen Urrutia, estaban desandando los pasos, y fue allí mismo cuando le dijo a mi abuelo: “Usted mismo, Don Carlos, váyase comprando su terrenito en el cementerio, porque su vida vale menos que un mango banilejo o que un plátano barahonero”. Y fue así. A los seis meses de casarse mis padres en una ceremonia civil, a mi abuelo lo encontraron muerto de un disparo por la espalda. Muerte accidental declararon las autoridades y el caso quedó cerrado. No había necesidad de investigar lo que todo el mundo sabía que era un crimen. Ni mi padre ni mi madre vinieron al entierro. Ellos se habían ido a vivir a La Romana, él como guarda campestre en un batey y ella como maestra de una escuela rural. Pero doce años después murió mi abuela. La mató la tristeza, el dolor acumulado por muchos años de sufrimiento callado, de amarguras infinitas que se van acumulando en un corazón que sangra penas a borbotones y un odio que se queda entre los pliegues de un silencio que cicatriza en las arrugas cosidas por el miedo a una vida sin futuro. Vinimos a enterrarla, no sabiendo que veníamos a nuestro entierro. A mi padre y a mi hermano porque los mataron. A mi madre y a mi porque nos encadenaron a la simulación, sin más objeto en la vida que la venganza. Las cosas habían cambiado en Valle Grande. El pueblo estaba en ruinas, la escuela parroquial, la casa curial y la iglesia habían sido quemadas por una banda de paleros y macheteros al servicio del general Fenelón Ramírez. El cura se había visto obligado a abandonar la ciudad por ser parte de una conspiración de los opositores del gobierno que le demandaban a éste detener los crímenes del general Fenelón Ramírez y hacer valer la justicia sentándolo en el banquillo de los acusados. El general Fenelón Ramírez acusó al cura y al diácono de acostarse con prostitutas en la casa de Dios, y de organizar allí festines y orgías, en la que se sodomizaban niños y se practicaban actos de brujerías y hechicerías contradictorios con los principios sacrosantos de la iglesia y las buenas costumbres. Puso como ejemplo que su propia hija había sido embarazada por el diácono después de haberle dado una pócima extraña y misteriosa, presumiblemente en complicidad con algún demonio, tratando de ocultar así dos verdades que todo el pueblo de Valle Grande sabía, que había sido embarazada por el motociclista de la Harley-Davidson del último circo que había venido a la ciudad y que su esposa estaba perdidamente enamorada del diácono. La gente se enteró después que el diácono murió en un lamentable accidente automovilístico cuando se dirigía a la ciudad capital. Alguien dijo lacónicamente: -Ese no salió vivo de la cárcel. De esas cosas han pasado muchos años. Ahora hay un nuevo gobierno que la gente dice que es el mismo. Aunque los vientos de libertad y democracia soplan, el general Fenelón Ramírez sigue sin entender por qué si hay un gobierno tiene que haber oposición. “Con que el cura vuelva es suficiente”, dijo en un discurso, “he reconstruido el templo, la casa curial, la escuela; he perdonado al cura, lo he dejado regresar, pero permitirle a los opositores reunirse para conspirar contra el gobierno, eso está guabinoso, muy guabinoso”. No hay que decir que el cura se acogió al perdón haciendo la promesa sacrosanta de que la sacrosanta iglesia católica, apostólica y romana, siempre tendría sus oídos puestos en las disposiciones del gobierno, y muy particularmente de aquellas que emanen de su eminencia reverendísima, el general Don Fenelón Ramírez. Otra cosa fue notoria en la ciudad: la gente dejó de referirse a mi madre como la viuda, ahora la llamaban la querida del general. Así las cosas llegaron las fiestas patronales. En ellas participaba el pueblo con mucha algarabía. El propio General Fenelón Ramírez se mostraba en cierto modo tolerante, claro, sin exagerar mucho. La misa en el templo era una ocasión para que las personas lucieran sus mejores galas. El General Fenelón Ramírez era el último en llegar al templo y la primera persona en salir. Cuando acabó la misa el general Fenelón Ramírez esperó al padre Miliano a la salida de la sacristía. Caminó parsimonioso por el ancho pasillo que da salida a la puerta principal. Tenía su mano derecha extendida, haciéndola virar de derecha a izquierda para que la gente que estaba en las banquetas se arrodillara y le besara el anillo. Allá en la puerta, a la espera, su dos guardaespaldas, Ovidio y el Mello. Y allí, en medio del pasillo, en una silla de rueda me encontraba yo. El general Fenelón Ramírez, al advertirme se dirigió solícito a mi, venia abriendo sus brazos, como para abrazarme, pero cuando yo saqué la escopeta de cañón recortado que traía oculta bajo un manto al lado derecho de la pierna, se quedó boquiabierto, estupefacto, con los ojos brotados queriéndoseles salir de las órbitas, para luego dejar escapar una sonrisa nerviosa como si no entendiera la situación; era una sonrisa distinta a la que tenia siempre en la gallera cuando ganaba su gallo o a la que tenia cuando después de matar a mi padre me dijo que me iba a matar porque no le gustaba dejar enemigo atrás, y distinta también a la que tenia cuando mi madre le dijo que no me matara, que ella seria su mujer. Al general Fenelón Ramírez le era difícil controlar sus dientes postizos, y le fue más difícil cuando le disparé. Ahora la gente me pregunta que por qué le disparé también al padre Miliano en vez de haberlo hecho con Ovidio y el Mello, pueden estar seguros que eso tiene su explicación pero ello será motivo de otra historia. Lo que no será motivo de otra historia es que ya no tengo que llamar por su apellido a mi madre, que ya no tengo que llamarla la señora Urrutia, porque como decía mi abuelo: el hijo que no honra la memoria de su padre, no tiene madre, y si la tiene solo puede llamarla por su apellido.



