Lunes  17 de Agosto de 2026 | Última actualización 01:26 PM
Cocodrilos
Por: PEDRO CONDE STURLA | 10:12 AM

Esta semana ha sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura el conocido poeta y escritor Mateo Morrison Fortunato.

Me complace, personalmente, el merecido reconocimiento a este coloso de las letras, tan superior a Bosch en la prosa, a Pedro Mir en la poesía, en la oratoria a Meriño, a Caamaño en lo valiente, a Duarte en lo patriota, en la nobleza a Martí y en la honradez a Pepín.

Con motivo de tan grato acontecimiento, publico una separata de un libro de mi autoría que describe las venturas y desventuras de un grupo de poetas (entre los que se cuenta el agraciado) en viaje memorable a Puerto Rico.

Sátira irreverente y despiadada de una cierta bohemia intelectual, a la cual pertenece el propio autor.

COCODRILOS EN PUERTO RICO

Después Cartañá mostró a los cohibidos poetas sus habitaciones, intercambió las rutinarias impresiones de viajes y los invitó a pasar al salón de juerga, en el extremo opuesto de la casa, donde tronaba inconfundible el vozarrón canónico de Federico, que de alguna manera parecía haberse hecho dueño y señor de la audiencia. A cada frase suya se escuchaba, en efecto, un como eco de risotadas y aplausos que fue interpretado como presagio de mal agüero.

Cuando entraron en escena —precedidos por el inefable Cartañá— los poetas palidecieron al intuir el dominio que en mala hora su compañero ejercía sobre la audiencia, erigido en decidor titular y supremo de chistes y relajos. Y no era para menos: Federico comenzó de inmediato a dispararles puyas, motejándolos por oficios títulos y apellidos.

El austero Mateo, que fue la primera víctima, se quedó boquiabierto y rezongante cuando Federico lo presentó como poeta de oficio, cuyos ratos libres dedicaba a modelar para la sucursal dominicana de Pierre Cardin, cual testimoniaba luciendo con tanta intrepidez como desgarbo la innovadora moda de la chacabana con corbata.

El corpulento Alexis —de venerable barba hirsuta— fue presentado en segundo turno como creador de la vertiente pluralista de la poesía cachonda que se estaba gestando en aquel momento en Santo Domingo. Después le tocó a Molina pagar su cuota de humillación al escucharse definido como dramaturgo y crítico irrealizado que escribía poemas por frustración ajedrecística.

De inmediato, Abreu tuvo que sufrir sin sonrisas el doble calificativo de poeta granjero, al cual se le reconocían grandes dotes pictóricas que demostraba tiñendo palomas de verde para venderlas como cotorras a los turistas. Luego Enrique Eusebio fue presentado como poeta-experimentalista-camorrista cuyo principal mérito artístico era la avaricia, puesta de manifiesto en el hecho de que siempre escribía poemas cortos para ahorrar tinta y papel.

Esta vez nadie rió en la sala, pues Federico había arriesgado una caracterización n tan despiadada que a Enrique se le salieron lagrimitas de rabia, y por un momento hubo que temer que la situación precipitara en crisis. Lo cual no sucedió porque Federico —al intuir la gravedad del problema— decidió hacerse un poco víctima de su propio verbo, y se presentó a sí mismo diciendo que para los que no me conocen mi nombre es Gregorio Pérez, aunque en el mundo del arte todos me llaman Gregory Peck.

Una carcajada unánime saludó la oportuna inventiva, produciendo un ambiente de sana distensión. El iluso Cartañá interpretó la última actitud de Federico como un aparente cese al fuego, cuando en el fondo no era más que un repliegue táctico, e intentó formalizar la reunión dándole un carácter serio y providencial a las presentaciones. Así mientras Federico permanecía junto al bar, cebando un vaso de whisky, Cartañá condujo al grupo de poetas agraviados en presencia de un conocido crítico y profesor universitario de apellido Cruz y aspecto patriótico y canuco.

Los poetas presentaron sus credenciales con altura y respeto, y todo se desenvolvió como había de esperarse, pero sorpresivamente Federico se destapó traicionero, declarando en voz alta que admiraba el valor de sus compañeros, ya que por el simple hecho de que a Jesucristo lo hubiesen clavado en una cruz, era temerario darle la mano a una persona que la llevara por apellido.

El profesor puertorriqueño o se quedó de una pieza, congelado en su asombro, y con más vergüenza que ojos en la cara. Los poetas experimentaron en aquel momento aciago un deseo ferviente de acercarse a Federico y tomarle gentilmente por el cuello hasta dejarle con un poco más de lengua que corbata. Cartañá —convertido en la imagen viva de la desesperación, mientras en el público se suscitaban las más diversas reacciones— quiso superar el engorro pasando a presentar a una hermosa contertulia que declaró haber sido estudiante de APEC en Santo Domingo.

De inmediato Federico se acercó y le dijo que con razón señorita, desde el primer momento me pareció tan apec-titosa. Cartañá hizo caso omiso y trató de aparentar como si Federico no existiera, dirigiendo la atención de los poetas hacia una espejuelada especialista en letras que resultó ser exilada iraní.

Esta vez Federico permaneció mudo y respetuoso, esperando que sus compañeros agotaran las ceremonias de rigor. Pero cuando le tocó el turno, y al tiempo que estrechaba calurosamente la mano de la agraciada, le preguntó en el tono más pausado y correcto del mundo si ella había venido a Puerto Rico antes de la caída del Chad, después del Chad o durante el Chad-Chad-Chad.

La muchacha iraní quedó boquiabierta y desconcertada, hasta el punto de que apenas pudo balbucear palabras, y dirigió a Cartañá una extraña mirada de náufrago que Cartañá reciprocó con una mirada de impotencia y confusión a la vez, pues la ocurrencia de Federico había producido una explosión de carcajadas tan estruendosa que hubo quien dejó caer el vaso al piso, y el mismo Cartañá no sabía si pedir excusas o darse por ofendido o bien hacerle coro a los demás mortales presentes en la sala.

En lo que amainaban las risas, Mateo consideró prudente explicarle a Federico que a pesar de lo divertidas que resultaban sus chanzas era necesario dejar el relajo para otra ocasión y Federico —obediente, sumiso— prometió que de acuerdo y no se hable más del asunto, poeta, propinándole una palmadita en el hombro a manera de tranquilizante. Mateo creyó sinceras las palabras de Federico y cometió el error de darle la espalda.

En ese momento exacto hizo su entrada una poetisa dominicana que abrazó efusivamente a Cartañá y luego se presentó a la audiencia diciendo con voz cantarina que mi nombre es Chiqui Vicioso. Sin que mediara un segundo, Federico depositó en ella los ojos libidinosos y borrachos, y protestó razonando que si lo de Vicioso era por Chiqui, en todo caso más vicioso era él porque le encantaba el chiqui chiqui.

En este punto Cartañá decidió suspender las presentaciones, sobre todo en la vecindad del epigramático Federico que ahora no recogía el consenso de la sala y terminó quedándose sin público y sin aplausos, aislado por sus audacias verbales en un rincón que era especie de leprosario.

Y allí —temido y rehuido por todos aquellos que en principio habían festejado sus ocurrencias— Federico conoció la resaca de la abundancia en tiempo de vacas flacas y se hundió en un anonimato despectivo que lo condujo a libar más fuerte, sin agua y sin hielo, cargando las baterías para nuevos relámpagos.

El desmaliciado Cartañá consideró neutralizada la inventiva mordaz de Federico y propuso a los invitados dominicanos una lectura de poemas que le tocó iniciar a Mateo con una composición patriótica en la que describía sus últimas desventuras carcelarias, pero sin aludir a los dos kilos de peso que había aumentado en el encierro. Después tomó Alexis la palabra, leyendo un poema en jerga simbólica, tan hermético que ni siquiera él mismo entendió.

En su turno —y estremecido por la emoción— Molina leyó parte de un extenso legajo que contenía el último acto de un drama en versos sobre estrategia de ajedrez político en que al final de la partida faltaban por lo menos tres jugadas y el peón de la reina se encontraba inexplicablemente en la casilla del rey.

El granjero Abreu disfrutó su cuarto de hora de gloria dando lectura con voz afrodisíaca a un poema que exaltaba la gesta épico-lírica del Comandante Cero, desarrollada en clave de lotería hasta el Comandante Dos y el Comandante Flor, premio mayor.

Luego Cartañá tuvo un gesto de humana condescendencia al invitar a participar en la lectura a Federico, el cual —desde su rincón de olvido— se declaró en abstinencia poética y declinó el turno en favor de Enrique Eusebio que leyó un poema experimentalista construido en base a frases cohetes con instancias vanguardistas en que lo dicho iba en contradicho con lo entredicho y la poesía terminaba convertida en puré de papas.

El engendro suscitó tanta perplejidad que el poeta estimó necesario aclarar que a pesar de las posibles incomprensiones, el mérito de su obra consistía precisamente en hacer acopio de todos los recursos que le brindaba la modernidad.

El despistado Cartañá, que acompañaba cada lectura de sus huéspedes con elogios tolentinianos que le hacían perder el sentido de las proporciones, dio un salto al vacío declarando que el talentoso aporte de Enrique Eusebio hacía honor a su nombre porque, precisamente, enriquecía el idioma.

Tanto bastó para que Federico saliera oportunamente de su letargo replicando con felonía —y en lengua estropajosa— que si era cierto que el idioma se enriquecía en su nombre, también era innegable que se eusebiciaba en su apellido…

Pedro Conde Sturla es escritor.