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El terrible oficio de envejecer
Por: LUIS RAMON DE LOS SANTOS F. (Monchin) | 7:10 PM

La vejez tiene sus encantos ocultos y visibles, tiene también sus defensores y detractores, como toda obra perecedera, la juventud que la precede se trata de alargar en el tiempo aun sabiendo que inevitablemente vendrán las arrugas, la pérdida de la lozanía es un eterno suplicio para aquellos que buscan contra natura la belleza de efebo, para mí son prisioneros de las fabulas que prometen la mítica eterna juventud.

Ser joven ciertamente es un privilegio, pero ser viejo lejos de un lastre es algo así como un tesoro que aun quienes lo tenemos no valoramos en su contexto conceptual.

Al llegar las primeras canas resistimos mirarnos al espejo, buscamos alternativas de colores y al asomar las primeras arrugas sentimos el temor de lucir como páginas arrancadas de raíz en un calendario cualquiera.

Yo que realmente soy un viejo con 73 años a cuestas, me resisto a verme como tal, el espejo se hace cada mañana mi cómplice, con el converso y trato de llegar a un acuerdo, le digo que se haga el loco y que oculte mis arrugas pero él, que es mucho más viejo que yo se resiste y me dice que antes de renunciar a mis canas y arrugas haga un recuento de mi vida y saque la mejor de las conclusiones ¿y saben qué?, le hice caso.

Aquí les revelo parte de lo aprendido. Ser viejo es sin duda alguna el mayor de los privilegios; no hay que vivir en China para sentir la satisfacción de tener la piel arrugada, lo que nunca se debe arrugar es el cerebro, por eso me reconforta saber que gente tan importante como Víctor Hugo escribieron alguna vez que "cuando la gracia se combina con las arrugas resulta adorable. Hay un amanecer indescriptible en la vejez feliz".

Creo que no cambiaría por nada el erótico placer que me produce escuchar un bolero de Lucho Gatica, mientras escancio un vino argentino, que son mis favoritos, junto al millón de recuerdos que se me meten en al alma; otra de las cosas que jamás cambiaría es sentarme en mi balcón favorito a fumarme un puro mientras mi compañera de 45 años me grita: "Monchín cierra la puerta, que el humo de ese cigarro se está metiendo en la casa".

Es algo profundamente hermoso. Como dije en un párrafo anterior: lo que nunca se debe arrugar es el cerebro y no hablo de oxigenarlo con vitaminas, sino de abrirle las puertas al mismo para que pueda salir la experiencia y poder aconsejar a los que creen que más saben, los jóvenes, que a pesar de no haber vivido saben más que tú; al menos ellos se creen su fantasía.

Si algo he de lamentar de este proceso biológico y natural es que en países como el nuestro ser viejo es un estorbo, nos califican de "maldito viejo de mierda", nos dejan languidecer y cocinar en nuestra propia salsa, sin oportunidades genuinas para contribuir aunque sea con nuestra experiencia vivida al desarrollo del país que nos vio nacer, crecer y desarrollarnos.

Por mi parte, ya en la curva descendente de mi vida, sólo puedo pensar exactamente como Sir Francis Bacon, cuando dijo que sólo necesitaba en la vejez: "UNA VIEJA MADERA PARA ARDER, UN VINO PARA BEBER, VIEJOS AMIGOS EN QUIENES CONFIAR Y VIEJOS AUTORES PARA LEER", y yo que soy un viejo fresco le agregaría... Y MUCHOS BOLEROS PARA SUFRIR...