Por: LUIS RAMON DE LOS SANTOS (Monchín) | 11:15 AMComo un viejo caserón sin dolientes, aunque sí con miles de testigos, cerrado a cal y canto, rumiando su pasado glorioso, aún se conserva el bar más emblemático de San Juan de la Maguana: El Tupinamba Bar. Su historia está llena de nostalgia, amores y desamores, música y tragedias, toda una mezcla de vida encerrada en un patrimonio local que debió haber tenido mejor suerte.
Para hablar del Tupinamba hay que remontarse a su creación. Originalmente estaba situado en la avenida Presidente Trujillo (hoy Independencia), esquina Colon, justo donde años más tarde se instaló la farmacia "San Juan", de la doctora Esperanza Miguel, siendo su primer dueño y fundador don Pablo Franjul, banilejo aposentado en San Juan y casado con la dama Justa De los Santos.
Eran los últimos años de la década de 1930 y don Publio, emprendedor y entusiasta, concibió la idea de instalar un sitio donde la juventud de la época pudiera recrearse, conversar, bailar y escuchar los boleros de entonces.
Originalmente era un local pequeño, pero acogedor y romántico. De la vellonera salían como saetas las voces más emblemáticas del requiebro lacrimógeno hecho bolero, tango, danzón y ranchera, de Bola de Nieve, Panchito Riset, Jorge Negrete, Daniel Santos, Cuarteto Flores, Quinteto Mayarí, Barbarito Diez, Libertad Lamarque y pare usted de contar.
El Tupinamba no era un bar cualquiera; era requisito indispensable para entrar y bailar el uso de saco para los caballeros y falda larga para las damas; allí se dio cita la crema y nata de la sociedad sanjuanera de entonces, representada por apellidos sonoros (tanto criollos como foráneos) y puedo citar entre estos últimos a los Marra, Capurro, Heyaime y Marranzini.
Todavía mi pueblo no conocía de boatos ni ceremonias para asistir a un centro de diversión, pero tuvo que adaptarse o resignarse a no entrar.
La inauguración del Tupinamba fue un acontecimiento inédito, aun no conocido por el gran pueblo, por las masas; fue tanto el factor de distinción, que para la apertura se creó un concurso en el cual participaron las damitas más representativas de la ciudad, siendo elegida la señorita Ofil Lagrange como reina del mismo; para amenizar el acontecimiento fue contratada la orquesta "Quisqueya", dirigida por el profesor Francisco Carias Lavandier.
Tras dos años en la calle Presidente Trujillo esquina Colon, el Tupinamba fue arrendado a don Manuel Emilio Cuello (Neneno), quien posteriormente lo trasladó a lo que fue su casa y su tumba, la calle Presidente Trujillo esquina Sánchez.
Del Tupinamba, ese Tupinamba que conocimos, surgieron miles de anécdotas, acontecimientos agradables y luctuosos, como aquel que le arrebató la vida al joven Luis Emilio Capell Bello (Chema), vil y criminalmente asesinado por un teniente dentista del ejército llamado Plinio Hermógenes García Taveras.
Ese viejo Tupinamba cuyo nombre tiene origen, según cuentan las leyendas, en una tribu del Amazona, tuvo momentos de gloria, las mismas que el tiempo, las circunstancias y el deceso de don Neneno Cuello hicieron mermar lenta, pero inexorablemente, como son las cosas cuando la falta de criterio histórico las toca y contamina.
El Tupinamba tu varios dueños; la juventud post Trujillo empezó a conocer y disfrutar otros ambientes más frívolos y contaminados; se respiraban otros aires y ritmos foráneos que empezaban a sustituir al bolero querendón y romántico.
No obstante el Tupinamba se negaba a morir y despojarse de su pasado romántico y distinguido, el colega Víctor Ramón Piña Cámpora (Vicky) creo los martes del recuerdo, y como gigante en medio de la tormenta, lo mantuvo hasta que un día simple y llanamente no pudo más.
Hoy día, el viejo local permanece oculto tras viejos y destartalados entretelones de madera, escondiendo en sus salones el fino aroma de un buen trago, un bolero de Panchito y un beso de mujer.
No soy optimista al respecto, pero ojalá el Ayuntamiento de San Juan declare al Tupinamba Bar como patrimonio local, simplemente por ser parte fundamental de nuestra historia y porque en cada mosaico de su suelo, en sus paredes llenas de historia y por lo que representa en su condición de hito.
Ah, Tupinamba del alma mía quien te vio y quien te ve...



