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Los aretes que le faltan a la luna
Por: LUIS RAMON DE LOS SANTOS (Monchín) | 10:56 AM

Era en verano, o quizás otoño, de cualquier año precedente al 1961 cuando San Juan De la Maguana esperaba uno de los acontecimientos pintorescos más notables en función de la época y de su insólita rareza, me refiero a la presencia de "El torito dominicano", ¿quién era ese personaje de singular presencia física y ocultas intenciones?

Nadie supo nunca su verdadero nombre, era bajito y regordete, con una sonrisa perenne y un ánimo a toda prueba. Todos los años llegaba a nuestro pueblo con su sempiterna camisa roja de mangas largas, pantalón negro de pinzas, boina negra y zapatos tennis, sin mucha ceremonia se adueñaba de la glorieta del parque Sánchez, instalaba dos bocinas magnetofónicas y ponía en funcionamiento un viejo tocadiscos del que sólo dos canciones, boleros emblemáticos por demás y como si fueran las únicas, se difundían: "Negrura", en la voz de Rolando La Serie y "Los aretes que le faltan a la luna", emblemática y sensual plegaria, con Vicentico Valdés.

El torito dominicano viajaba por casi todo el país llevando un show, que a los muchachitos de la época nos parecía increíble: estar 100 horas sin dormir, circulando a todo lo ancho y largo de la glorieta y colocándose cada cierto tiempo un cubito de hielo en las bolsas de los ojos a fin de despejar cualquier asomo de sueño que pudiera hacer fracasar su proeza. Cien horas son algo más de cuatro días, y el torito aparentemente las cumplía año tras año.

La comida le era suplida por el famoso "Bar de los chinos" dos veces al día; un empleado le llevaba un revitalizador consomé de pollo, que en la práctica no era más que un caldo bien condimentado de gallo de pelea, así mismo: don Joaquín, el chino mayor, iba a la gallera a comprar los gallos abatidos en las peleas y con ellos bien hervidos extraían el caldo, mientras que con la carne desmenuzada hacían el delicioso sandwich de "pollo", vendido a 50 centavos.

La llegada del singular personaje de nuestra historia era anunciada con bombos y platillos, acontecimiento esperado por la juventud sanjuanera ávida de ver cosas curiosas y nuevas en una época, donde hasta la diversión era celosamente controlada y decidida por la dictadura.

Cien horas sin dormir en una ciudad que antes de las 9:00 de la noche cerraba sus puertas era algo digno de esperarse, verse y disfrutarse, además era una vez al año y había que aprovecharlo.

Sin haber hecho ninguna consulta previa, y sólo basándome en mi experiencia personal, estoy seguro de que los sanjuaneros aprendimos a amar al bolero lacrimógeno a partir de esos "aretes que le faltaban a la luna" de mi amigo Vicentico y de la pena en el alma que causaba saber que alguien robaba "lo que ya fue mio", en la desgarradora expresión de la negrura de La Serie.

Ya para 1961, muerto Trujillo y encaminado el país hacia otros derroteros políticos, tuve la osadía de preguntarle al Dr. Tomas Susaña sobre el personaje que motiva estas líneas, me dijo: "Monchín, no estoy yo para decírtelo, porque tú eres un carajito muy curioso, ni tú para saberlo por lo mismo, pero el torito era un calié del "Jefe", que iba de pueblo en pueblo para averiguar quiénes eran los enemigos de su Gobierno y si tú crees que él no dormía su par de horas, sólo piensa que cuando todo el mundo estaba trancado en su casa, él iba a ser tan pendejo para seguir dando vueltas. No supe que contestarle; sólo le dije que pensándolo bien, él no lucía tan pendejo.

lura29@yahoo.com