Por: LUIS RAMON DE LOS SANTOS (Monchín) | 8:50 PMRazones históricas y familiares profunda y permanentemente ligadas a mi vida y a la de mi familia me ligan a Venezuela, Caracas su capital, Anare, Naiguata y Los Caracas, a Coche, Santa Eduviges, La Dolorita y El Valle, a sus cerros profusamente poblados, a su gente que es mi gente, y a su historia que es mi historia.
A Venezuela la conocí antes de visitarla por primera vez en el 1972, mis tías amadas partieron hacia Caracas en el año 1946, quizás antes, no había nacido aún cuando ellas se fueron para quedarse, crear familia y dejar su corazón en la ciudad de los techos rojos y el Guaire.
Las cartas donde ellas contaban las bellezas de Caracas llegaban vía Madrid, largo periplo para saber de ellas, esas cartas esperadas con ansias inusitadas eran leídas en voz baja por la abuela, yo la veía llorar, las cartas se mojaban de sus lágrimas santas casi hasta quedar ilegibles, era la manera de decirles que las amaba, las extrañaba, que al mismo tiempo entendía la razon de su partida.
Venezuela hasta el momento de romper formalmente sus relaciones diplomáticas con la República Dominicana era el destino preferido de los nuestros y lo fue desde antes también en los tiempos en que Billo Frometa y Porfirio Jiménez amarraron sus bártulos y se llevaron su música hacia la patria de Bolívar sin olvidar obviamente que nuestro padre de la patria Juan Pablo Duarte y Díez se exilió en Caracas, allí murió una fría mañana sin más riqueza que haber fundado a un país, a una república libre e independiente de toda potencia extranjera.
Venezuela, adoptó a los hijos espirituales de Duarte, les dió cobijo y los hizo suyos por amor y con amor.
Con esas premisas, esos antecedentes y el arraigo de mi familia materna en la mente y el alma llegué a Venezuela en 1972 por apenas unos días, regresando seis meses después practicamente exiliado por el gobierno de Joaquín Balaguer.
A mi regreso a la patria confieso que me acosaban los recuerdos de mi vida en Coche, popular urbanización de Caracas donde hice amigos, que desde el primer momento fueron mis hermanos, de mis primos Andrés, Alberto Antonio, Violeta, Monserrat y Enrique; de mis tías Eliana y Candita y de los panas Abraham, El Pela, Maquibo, los hermanos Contreras, Daniel y otros tantos.
Mi regreso a la patria ocurrió una noche casi en la clandestinidad, Balaguer todavía estaba en el poder y temía por mi vida. LLegaba a mi solar nativo llevando la bandera de las estrellas en medio del corazón.
Paso el tiempo, otra fue mi historia, y un día ya viviendo en los Estados Unidos volví a mi Caracas, la vi cambiada, volví tras mis pasos, retomé mi ruta, aboné su suelo con mis lágrimas, le enseñé a mi esposa la ciudad con la que comparto mis amores territoriales, e hice un juramento justo en la Plaza Bolívar donde tarde tras tarde me sentada, juré que algún día volvería a ver sus calles, a disfrutar su chicha fría, su papelón, su joropo y su vibrante vida, y todo el amor que siento por esa tierra que es tan mía como de cualquier ser humano que haya nacido en ella.



