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Causas de las migraciones del campo hacia las ciudades
Por: RAFAEL E. CAAMAÑO C. | 4:48 PM

En el proceso histórico dominicano, existen aspectos que determinan lo que se puede señalar como “igualdad y desigualdad social”.

Supuestamente en nuestra sociedad, no se reconocen castas, ni privilegios de cuna, ni nobleza de títulos, ni limpieza de sangre, ni pureza o supremacía de razas.

Se presume, que en los dominicanos no existe la vocación de siervo y ante los abusos se rebela.

En la mentalidad del pueblo no existe el amo; sin embargo, este igualitarismo, tiene escasos paralelos en la realidad que se vive en una sociedad que eufemísticamente llamamos subdesarrollada, y que si nos guiamos por los conceptos de don Andrés Gunder Frank, es posible nos encontremos en lo que él define como "países blandos", donde las organizaciones e instituciones no soportan los peldaños de donde debe partir un desarrollo armónico y sostenible y donde la igualdad social sin una base de sustentación económica, es solo un concepto controvertible.

Los llamados liberales dentro de la burguesía, preconizan ser adversarios en principio de los títulos de nobleza, de privilegios señoriales, del mantenimiento de genealogías seculares, el dominio feudal y de la estratificación social heredada. Pero actúan, en base a las desigualdades económicas, a la concentración del poder, a la acumulación de fortunas en pocas manos y al despojo del producto del trabajo de las mayorías.

Esto hace que en nuestro país, como en casi todas las naciones indo-americanas, la distribución del ingreso acuse disparidades abruptas. El desempleo absoluto es indicativo, que el producto por personas que trabajan es bajo.

Las desigualdades son evidentes, una minima proporción absorbe algo más de la mitad del producto interno bruto de las naciones. Es el grupo de los empleadores, incluidos los administradores, gerentes entre otros, que reciben además participación en los beneficios. Lo que sobra se distribuye desigualmente entre la población.

No obstante estas delimitaciones, un empleado recibe dos veces el salario del jornalero y quizás cuatro veces el de un campesino. Esta situación, unidas a la necesidad insoslayable que existe en áreas rurales, de una más equilibrada distribución de la tierra aptas para cultivo y de un modelo de reforma agraria, que además de la distribución de la tierra para los campesinos, les garantice una asistencia técnica y financiera y la solución de problemas fundamentales como son los de salud, viviendas y educación, son las causas de la migración permanente de los hombres del campo hacia las áreas urbanas en búsqueda de mejores perspectivas.

Desgraciadamente, lo sustancial del problema agrario se mantiene vigente, con una tendencia a recrudecer. La puesta en vigencia de un nuevo orden económico, donde la desregularización y privatización ha provocado un agrupamiento en la correlación de fuerzas entre sectores industriales y empresariales. Con la consiguiente ruptura de los antiguos patrones económicos dependientes de la producción de rubros agropecuarios, limitan las posibilidades de nuevos asentamientos.

De todas formas, estos se realizaban a un ritmo insatisfactorio y donde era visible, que se trataba de evitar la ruptura de las estructuras agrarias predominantes, a sabiendas que un hecho de esta naturaleza implicaría un cambio en las relaciones de propiedad y de producción atrasada y semi-feudal.

Y esto hay que lamentarlo. En nuestro país como en casi todos los pueblos de esta América morena, no se ha llegado a comprender que la reforma agraria, no es un proceso puro de reivindicaciones sociales, de asistencia o beneficencia sino que, por el contrario, es un proceso económico requerido para el desarrollo agrícola, sin cuya realización no es posible impulsar el crecimiento equilibrado de los demás sectores.

La población rural debe ser considerada -quiérase o no-, como un componente de la demanda industrial. Pero, para que esto sea efectivo, es indispensable que ese sector tenga un poder productivo en desarrollo, cosa que no se consigue mientras el modo de producción en el campo sea el latifundio y su réplica el minifundio semi-feudal, antieconómico y destructor de los recursos naturales y del hombre productor.

La reforma agraria debe verse, como el medio racional de distribución de las tierras, de las riquezas y de los ingresos, en beneficio de grandes grupos de la sociedad y como instrumento capaz de incrementar la ocupación efectiva del campo, con la consiguiente elevación de la producción, de los niveles de vida y reducción del índice migratorio hacia las àreas urbanas.

Si volvemos la vista hacia el campo en la actualidad, habremos de coincidir que la Republica Dominicana demanda de un SOS. El éxodo de los campesinos hacia las ciudades y su posterior remplazo por un emigrante haitiano cargado de taras y de una cultura de bosque arrasado, son sinónimos de preocupación y de que no esté distante el día en que nuestra idiosincrasia como pueblo perezca.

Es impostergable que el gobierno y el estado, tengan una clara Visión de como enfrentar el problema creciente de las migraciones.

No basta solamente con la promulgación de leyes; es necesaria la adopción de medidas tendentes a darle un uso racional a los recursos de que disponemos, especialmente el factor tierra.

Se requiere de la elaboración de programas funcionales, que auspicien el surgimiento de un nuevo modelo de desarrollo acorde con nuestra realidad.

De no actuarse en el sentido indicado, el proceso migratorio permanecerá invariable y las contradicciones que imperan en nuestra sociedad, reflejo de unas relaciones de producción incapaces de permitir el desarrollo pleno de las fuerzas productivas, se mantendrán.

Urge de un cambio sustancial en los planes de desarrollo, partiendo de una mirada retrospectiva hacia los viejos moldes fracasados, para que podamos ver con optimismo el futuro.

Cuando en nuestras montañas, la naturaleza deje de ofrecer la imagen dolorosa con que la acción del hombre del campo la ha marcado; cuando la imagen del niño de nuestros campos no sea la del hambriento, famélico, desnutrido y sin educación. Entonces, y sólo entonces, las migraciones se habrán detenido y podrá renacer la esperanza del hombre de nuestros campos por una vida distinta. Distinta y mejor.