Por: JOSE DANILO DOMÍNGUEZ | 5:51 AMLa canción me sigue en la cabeza:
“Dónde estará mi amor/
hoy que me encuentro triste y abatido...”
El hombre, borracho, dando tumbos, con la botella de ron en la mano, se mueve como las marejadas: de aquí para allá; de allá para acá, recorriendo la calle, un tanto sombría, de extremo a extremo.
A lo lejos, el mar, golpeando contra los riscos y acantilados; torturando a golpes el rompe olas, amenazando con el salitre las edificaciones. Metiéndose por entre las grietas de techos y paredes.
Las notas suben y bajas, imprecisas, desordenadas, se mueven del tono agudo a grave, de grave a agudo, bajando y subiendo, subiendo y bajando,
igual que la marea; es una tonalidad indescifrable que por momento es media voz, luego, como un vehículo que toma fuerza, entre vaivenes que van de barítono a tenor, mostrando su desgano en el falsete, para cimbrarse en desafino, sin salirse nunca del pareado:
“Dónde estará mi amor/
hoy que me encuentro triste y abatido...”
Se sienta en el poste de luz frente a mi casa, y continúa su lamento que yo adopto como una serenata:
“Donde estará mi amor...“.
Es un lamento repetido. No puedo más, me rindo. Salgo a la acera, me siento a su lado, y le hago coro. Ahora cantamos los dos, como dicen, a dúo:
“Donde estará mi amor...”
Media hora después ya no somos dos, es todo el vecindario, es casi un coro universal:
“Donde estará mi amor/
hoy que me encuentro triste y abatido...”.
Es entonces cuando poniéndome una mano sobre el hombro, como si necesitara un punto de apoyo para lo que iba a decirme, colocándose un dedo sobre el labio en solicitud de silencio, me dijo estableciendo distancia con voz estropajosa:
-Amigo, Ud. y las gentes de por aquí como que son muy escandalosos. Mejor me voy a dormir, antes de que venga la policía, y nos lleve a todos presos.
Y se fue, se fue sumergido en las tinieblas de la noche, como el barco ebrio de Rimbaud.




