Lunes  17 de Agosto de 2026 | Última actualización 01:26 PM
La metáfora de la Calle
Por: JACINTO MACHADO | 1:01 AM

Cuando se habla de un Estado armado hasta los dientes, como el de Colombia, se nos dice que estamos haciendo retórica.

“Que la política no se puede hacer con armas”. Ya que, en “el ambiente internacional la lucha armada a decaído”. Estos fueron algunos de los conceptos emitidos en Oslo, por Humberto de la Calle, comportándose como el travieso de Transimaco frente a Sócrates, cuando le imponía de entrada la prohibición a las posibles respuestas que ya el acababa de fijar.

La verdad así, en esa forma de búsqueda se desvanece, y si nos hacemos cómplice aceptando esos postulado de la Calle, callando la verdad, esta se vuelve venenosa. La justicia se confirmaría así como la emanada de un Estado terrorista, nada metafórico y al margen de la ley.

¿Qué viene a ser la justicia, representada por jueces que tienen que gobernar el alma de otros mediante la suya, en ese Estado?

La sociedad colombiana cuando se le percibe, es más grande que el hombre particular, ya que a su interior se mueven y gestan las fuerzas capaces de acabar con la injusticia, a manos de esos jueces metafóricos que de la Calle oculta en Oslo.

El Estado que usted representa señor de la Calle como gobierno. ¿Acaso es un Estado que carece de medios coercitivos, Fuerzas Armadas, Policía, Organismo de seguridad del Estado, Tribunales con sus leyes normativas, para dirigir o controlar la sociedad de ese gobierno que usted se digna representar?

Estos atributos estarían ausentes en su cabeza, cambiado por la de un Estado ideal. ¿Acaso imparcial? Donde el ejercicio de la política en ese Estado no existiría.

No hablare de su visión y del ambiente internacional actual, acerca del uso de las armas. Pues ello quema en Bagdad, o en Trípolis o aun en el humo que nos llega de los Balcanes o porque no al que está brotando hoy en Siria o Afganistán.

La muerte impuesta a los pueblos después de la segunda guerra mundial ya hoy al parecer esta sobrepasada. Lo cual no nos debe guiar al culto de la guerra y menos al mito atávico de la muerte y sacrificio humano, atado hoy a un progreso ilusorio conducente al mercado, al que se le ha integrado el terrorismo de Estado amparado en su propio estado de derecho.

De toda esta realidad no podemos abstraer el quehacer político de las armas y de la guerra en sociedades signada por diferencias abismales entre sectores que la componen. La guerra como tragedia sigue siendo el pecado original que llevan consigo las clases dominantes como parte integrante de su propia naturaleza. La guerra sigue siendo la mera continuación de la política por otros medios, como afirmaba von Clausewitz, y alejar este fantasma es lo que siempre no hemos propuestos como revolucionarios, abordando para ello las causas estructurales que la motivan.

Como colofón: en la calles de Colombia todo lo que se dice es más rico y menos metafórico que lo que expresa de la Calle.