Por: BOLÍVAR BELTRÉ | 4:35 PMCuando un 14 de junio, 50 años atrás, un ejército irregular de dominicanos y extranjeros internacionalistas decidieron llegar del exterior al país con el claro objetivo de ponerle punto final a la dictadura encabezada por el sanguinario y diabólico Rafael Leonidas Trujillo Molina, entendían encarecidamente de que este país, esta nación, ejemplo libertario de América latina no podía continuar de rodilla frente al crimen de Estado, frente al terror oficial que mediante la violencia conculcaba los derechos civiles y políticos a todos los dominicanos.
Aquellos hombres de Constanza, Maimón y Estero Hondo, venían con más sueños libertarios que fusiles, con más amor por la libertad que proyectiles; es más, no estaban seguros de un triunfo militar inmediato, eso lo podemos asegurar, pero sí de que su sacrificio se convertiría en antorcha y que la misma iluminaría irremisiblemente los caminos de libertad de esta tierra duartiana. Y así fue.
Para ese entonces las oscuras sombras de la dictadura trujillista abarcaban los 48 mil 670 kilómetros cuadrados de patria. El asesinato político estaba a la luz del día. Bastaba con que en una familia existiera un sólo opositor al régimen para que esa familia entera lamentara haber existido. Nadie estaba seguro. El crimen político acechaba en cualquier camino de las ciudades o los campos.
El mar fue testigo mudo de los más atroces asesinatos. Las montañas, esas bellas montañas quisqueyanas alfombradas de tropicales flores no suman las lágrimas convertidas en rocíos, testigos fieles de los cadáveres abandonados de hombres y mujeres cuyo único delito era luchar por una patria más justa, o por lo menos libre del oprobio trujillista.
Llegaron llenos de patriotismo a cambiar esa lamentable situación.
No eran ignorantes. Sabían a que venían y a que tenían que enfrentarse. Con que valor e hidalguía lo hicieron. No se doblegaron. Nunca jamás. El mundo, a través de esos mártires de junio, conoció del valor y la entereza del dominicano. Claro no de un dominicano cualquiera sino de aquellos de los que nunca han mancillado el nombre de su patria, de los dominicanos que nunca han perdido la fe en nuestra soberanía e independencia, de dominicanos que no se han puesto de rodilla frente a los tiranos y opresores del pasado y del presente.
En junio fue. Pero pudo haber sido un mes cualquiera del año. Pero como quiera iba a ser. ¿Y saben por qué?, porque los dominicanos en el transcurso de nuestra historia han dado muestra de decir presentes más temprano que tarde cuando la patria los llama. Y acude. Acude con valor, con entereza y decisión. Y de que forma.
Muchas páginas de la historia universal dan cuenta de la intrepidez de los hombres y mujeres nacidos en esta bendita, aunque maltratada tierra.
No importa que los que han estado y están en la actualidad gobernando poco le importe esta fecha. No la necesitan. Han logrado el objetivo de vivir y disfrutar el sacrificio de otros. Oh, pero no importa. El pueblo, como siempre observa y en silencio apunta con el “lápiz” de la historia “en el librito de los recuerdos”, porque aunque hayan quienes no lo crean, no sólo será en el juicio final, aquí en estas dominicanas tierras también un día será el llorar y crujir de dientes.
Ese día, los mártires de Junio y todos los mártires de nuestra patria se levantarán de sus tumbas reencarnados en el pueblo humilde, en el pueblo trabajador y le pasarán facturas a los que olvidan viviendo el presente. Que nadie le quepa dudas. He dicho.



