Por: IVÁN NÚÑEZ ANTEQUERA | 12:23 PMToda canción es producto de la musa de una persona y esa musa, a su vez, se origina de la misma vivencia (la mayoría de las veces –creo yo-) o de la creatividad de esa persona. En cualquier caso, la obra musical que nos regala es una descripción de una situación en particular, sobre todo cuando de sentimientos se trata.
Dentro de la música romántica son varios los sentimientos que suelen expresarse, pero hay dos antagónicos que destacan: amor y odio y entremezclado entre ellos suele “colearse” el olvido. Pero dejemos que sean las mismas piezas musicales las que nos muestren como se interrelacionan o aparecen esos sentimientos.
Cuando nos enamoramos percibimos al mundo como postrado o rendido ante nuestros pies y vemos en cada detalle de nuestra cotidianidad cosas maravillosas y hermosas. Sentimos que el amor que le profesamos a esa persona es tan inmenso que hasta somos capaces de decirle
“…Nuestro amor es tan grande y tan grande
que nunca termina
y esta vida es tan corta y no basta
para nuestro idilio…”.
Espérame en el cielo
Fernando Mulens (M) y R. Lambertucci (L)
El amor, entonces, es cuestión de tamaño y es “tan grande y tan grande” que puede llegar hasta la inmensidad
“Si pudiera expresarte cómo es de inmenso
en el fondo de mi corazón mi amor por ti…”.
Tú, mi delirio
César Portillo de la Luz
A veces la inmensidad del amor la podemos circunscribir a una cierta longitud y cantamos a esa persona cosas como:
“Por alto esté el cielo en el mundo,
por hondo que sea el mar profundo,
no habrá una barrera en el mundo
que mi amor profundo no rompa por ti.”
Obsesión
Pedro Flores
Toma tal dimensiones nuestro amor que sentimos que se queda corto y empezamos a sentir que va mucho más allá… que adoramos.
“Quiéreme mucho, dulce amor mío
que amante siempre te adoraré.
Yo con tus besos y tus caricias
mis sufrimientos acallaré…”
Quiéreme mucho
Gonzalo Roig, Ramón Gollury y Agustín Rodríguez
Y de esa persona adoramos todo, realmente todo.
“Adoro la forma en que sonríes
y el modo en que a veces me riñes,
adoro la seda de tus manos,
los besos que nos damos los adoro vida mía.”
Adoro
Armando Manzanero
Pero el asunto no queda allí, porque amamos tanto a ese ser que hasta nos duele (como decía la Madre Teresa de Calcuta) y somos capaces de darle nuestra propia vida.
“Si el amor hace sentir hondos dolores
y condena a vivir entre miserias,
yo te diera, mi bien, por tus amores
hasta la sangre que hierve en mis arterias…”.
Juramento
Miguel Matamoros
En ocasiones se presentan ciertas situaciones en las cuales la relación amorosa discurre por caminos escabrosos y se ve sometida a diversos obstáculos. Es allí cuando el amor se agiganta y supera todos esos escollos. En ese momento y sólo en ese momento gritamos:
“…Amor nada nos pudo separar
luchamos contra toda incomprensión
del cuento ya no hay nada que contar
triunfamos por la fuerza del amor,
une tu voz a mi voz para gritar que vencimos
y si es pecado el amor que el cielo dé explicación
porque es mandato divino.”
Triunfamos
Federico Baena (M) y Rafael Cárdenas (L)
Sin embargo, en ciertas oportunidades la dicha no es eterna y los escollos no pueden ser superados; se crean así situaciones completamente contrarias a las antes vividas y todo ese amor se transmuta en el sentimiento diametralmente opuesto: odio.
“Te odio tanto que yo mismo me espanto
de mi forma de odiar.
Deseo, que después que te mueras
no haya para ti un lugar…”
Bravo
Luis Demetrio
Claro, ese odio tan grande no dura mucho (afortunadamente) y como “el tiempo cura todo”, el odio empieza a ceder de a poco. Entramos así en una disyuntiva: amor-odio, odio-amor y empezamos a decir frases que parecen incongruentes:
“Te odio y sin embargo te quiero,
te odio y no puedo olvidarte;
no puedo, vida mía, explicarte
como es que si te odio
te quiero y te adoro y no vivo sin ti…”.
Te odio
Félix B. Caignet
“Ah, pues!!!!”, diría la otra persona. Y de repente pareciera que el dilema lo tenemos resuelto y cantamos:
“Te odio y te quiero
porque a ti te debo mis horas amargas
mis horas de miel,
te odio y te quiero
tú fuiste el milagro, la espina que duele
y el beso de amor…”
Te odio y te quiero
Enrique Alesio
Es aquí cuando la contraparte pone al otro (u otra) en su sitio al asumir una conducta indiferente ante ese conflicto interior y esas palabras cargadas de rencor. Vista la situación, se procede a cambiar el discurso “cancionil”.
“Odiame por piedad yo te lo pido,
ódiame sin medida ni clemencia,
odio quiero más que indiferencia
pues el rencor hiere menos que el olvido”.
Odiame
Rafael Otero
La otra opción es darle un viraje a las palabras para cantar de otro modo, aunque digamos casi lo mismo.
“Odiame, ¿qué me importa tu rencor,
si no es tuyo mi querer,
si no es mío ya tu amor?
Despecho
Rafael Hernández
Con el pasar de los años el odio disminuye y entramos en la etapa de olvidar lo ocurrido (o de intentarlo): vivencias, palabras, acciones, etc.
“Olvídame, yo bien sé que no puedes,
no puedes quererme, olvídame.
Aléjate, no le digas a nadie
que tú me quisiste y yo te adoré…”.
Olvídame
Roberto Cole
Pero muchas veces quedan resabios y no resulta muy fácil apartar todos aquellos recuerdos. En consecuencia, nos mantenemos sumidos en un conflicto y decimos:
“…De qué manera te olvido
de qué manera yo entierro
este cariño maldito
que a diario atormenta a mi corazón…”.
De qué manera te olvido
Federico Méndez
Como ambas partes, por conveniencia o comodidad, se “empatan” en una de olvidar; una de ellas vuelve a emplazar a la otra diciéndole:
“No te debía querer, pero te quise;
no te debía olvidar y te olvidé…”.
Naufragio
Agustín Lara
Ya, con los ánimos un poco más sosegados (aparentemente), entramos en un diálogo que a veces se torna irónico e hiriente.
“Que raro, ayer te vi pasar y al quererte llamar, la verdad,
es para que te asombres; a pesar de lo mucho que te amé,
me puedes tú creer, se me olvidó tu nombre…”.
Se me olvidó tu nombre
Raúl René Rosado
Ante estas palabras, la contrapartida, que no es tonta ni ingenua, responde:
“…Perdón, no le quisiera lastimar
tal vez lo que me cuenta sea verdad
lamento contrariarle pero yo
no le recuerdo”.
Amnesia
Chico Novarro y Dino Ramos
El drama termina cuando una de las partes (casi siempre ella) pone punto final al asunto y manda a la otra parte (generalmente él) para el mismísimo…
“Vete, no vuelvas a verme, no quiero mirarte,
tengo miedo de perderme si te vuelvo a ver,
la huella de tu amor martirizante
aún vive palpitante en mi querer.”
Vete, por favor
Federico Baena
Y como para no quedarse con la espinita, él le responde…
“Vete, no quiero que me quieras,
no quiero que recuerdes
que todo tuyo fui.
Vete, olvídate de mi
que aunque te quise mucho
ya me olvidé de ti.”
Vete
Cándido Ruiz


