Por: RAFAEL E. CAAMAÑO C. | 3:42 PM(Séptima Parte)
Nuevo Rocaafuerte es un simpático pueblecito, levantado en orilla derecha del caudaloso río Napo. Posee dos calles paralelas al río y sus casas de madera y guano lo diferencian de Puerto Francisco de Orellana, cuyas viviendas y comercios, están construidas con materiales ajenos a la selva.
El pueblo cuenta con varias tenduchas y tres fondas modestas. Como aún no hemos podido trasladar con nosotros la pesada carga de 17 toneladas que habíamos dejado en el Campamento Militar Francisco Orellana, los expedicionarios continuamos resolviendo los problemas alimenticios como podemos - además, el Napo, fuente natural para la obtención de pescado, ahora es una masa líquida de fango pestilente, debido al arrastre de troncos causados por los terremotos, haciendo desaparecer de esta forma su otrora rica fauna ictiológica.
Ese día resolvemos el problema del almuerzo, en una de las fondas familiares de Nuevo Rocafuerte, donde ingerimos sopa de gallina, arroz, frijoles blancos y pepino.
En el atardecer del mismo día y después de muchas gestiones con el Ejército Ecuatoriano, logramos que una barca de hierro llamada "La Pancha", nos traiga el equipo y los víveres desde Puerto Francisco Orellana, los cuales al llegar, son trasladados a la barca peruana "Yanapuma", que en esa fecha llega a Nuevo Rocafuerte.
En esa población tenemos la oportunidad de instalar nuestros equipos de transición radial, y así informar de la marcha de la expedición, e incluso, comunicarnos con los familiares.
Aquí también nos despedimos del grupo de indios quichuas, que nos habían acompañados desde la población de Misahuallí, los cuales nos enseñaron todo lo concerniente a la navegación por el río y el manejo de las canoas.
De Nuevo Rocafuerte en adelante sólo contratamos los servicios del indio peruano Carlos Padìlla, que nos acompañó hasta la población de Manaos en territorio brasileño.
El 13 de Marzo navegamos 22 kilómetros aguas abajo, hasta el puesto fronterizo de Pantoja, Perú , con el objetivo de solicitar la autorización del paso de la expedición, nos acompañan los Mayores del Ejército Ecuatoriano Mario G. Vilatuña y Plutarco Clever Benavides, el cubano José Luis Padrón y el arqueólogo natural de la ciudad de Ayacucho Hernán Carrillo.
Previa comunicación por radio, nos aguarda en la orilla izquierda del Napo, el Teniente Coronel Matos del Ejército Peruano. El rostro del militar, ante la vista de una canoa llena de soldados ecuatorianos y de expedicionarios indoamericanos, refleja sorpresa.
En tal situación, tratamos de explicarles nuestras conversaciones con el Presidente de la República peruana y la autorización de la Cancillería, y que si en la ocasión no odiamos presentar el permiso por escrito, se de a las dificultades para comunicarnos, generadas por los terremotos.
El Teniente Coronel Matos del Ejército Peruano, alega no haber recibido información alguna de su gobierno y reitera, que esto es imprescindible presentarlo para poder seguir adelante.
Conscientes de esa situación, habíamos comisionado al Profesor Lenin Ortiz, para que viajara a la ciudad de Quito y que a su regreso, lo hiciera con el permiso requerido por las autoridades Militares peruanas.
Decidimos aprovechar el tiempo disponible, para visitar la hermosa
laguna de Jatuncocha, lugar donde la selva mantiene toda su virginal atractivo. A ella acuden los ribereños del Napo, con el fin de pescar lo necesario para su alimentación.
En la laguna viven además grandes Anacondas y Cocodrilos.
El 14 de Marzo, mientras esperábamos el Documento de Relaciones Exteriores del Perú, salimos a las diez de la mañana, rumbo a Garzacocha con la intensión de visitar a los Indios Aucas o Huaoraníes.
Al partir, varias persona de Nuevo Rocafuerte nos advirtieron que el encuentro con los Huaoraníes o Aucas era peligroso, y que éstos tenían la costumbre de apropiarse de objetos como cámaras fotográficas y otros.
Ante estas advertencias nuestros técnicos de televisión, planteaban
no correr riesgos. Razono con ellos y les explico, que si al primer
posible contacto con una tribu primitiva decidimos no hacerlo, ante
cualquier duda, por terrible que esta sea, la expedición no lograría
su objetivo de conocer a los indios que viven recelosos, acosados en
su selva más intrincada.
Al hablar, no dejaba de reconocer que el temor verdaderamente justificado, con solo leer los principales titulares de los periódicos quiteños, que traían noticias todos los días como: "Los Aucas raptan dos mujeres", "Los Aucas asesinan a un buscador de Oro", entre otras.
En el transcurso de los últimos cuatro siglos, se han tenido esporádicas noticias de los Huaoraníes, quienes a partir de la extracción del caucho y posteriormente petróleo, comenzó a escala mayor, un dramático proceso de extinción de este pueblo primitivo, arisco y combatiente.
Ellos han resistido la irrupción en su selváticas tierras y muchos de ellos fueron vendidos como esclavos. Las Ciudades de Iquitos, Manaos y otras, han sido testigo de este abominable comercio de hombres, que se inició en las tierras indoamericanas con la llegada de los españoles en 1492.
Surgen luchas y contraataques de los aborígenes a los invasores de sus tierras-lanzas de palma de chonta contra fusiles automáticos, en desigual combate.
Y se repite el secular desenlace: el hierro vence a la madera.
El 15 de Agosto de 1954, la más alta autoridad eclesiástica de Roma, solicito a la Prefectura Apostólica del Aguarico, "evangelizar", gran parte del Oriente Ecuatoriano, donde se encuentra la zona de los Huaoraníes, y a partir de 1968, se hizo necesario neutralizar el peligro que significaban aquellos aborígenes, no solo para las empresas petroleras, sino para los nuevos colonos.
El jóven indio Denis Abarca que conoce a los Aucas, no sirve de guía y en un momento inesperado, señalando hacia la Luna dice " Apaca", que es el nombre de unos de sus dioses y que significa "Señora de la Noche".
Llegamos al fin. Hombres con pantalones cortos: mujeres desnudas de la cintura hacia arriba y niños juguetones. Todos nos ayudan a descargar las mochilas y nos conducen en medio del fango que existe en la aldea, hasta unas chozas construidas sobre horcones.
Durante la noche, después de recibir los regalos que les llevamos y
mientras dormíamos, nuestros anfitriones no cesaban de hablar y reír.
Son felices en su natural y selvático mundo, donde solo el hombre
llamado "civilizado", perturba su tranquilidad.
Los Aucas o Huaoraníes siembran yuca, plátano, piña, papaya o lechosa limón, naranja y lima. Cazan monos y otros animales, además de la pesca.
Como todas las tribus primitivas, poseen una cultura que les permite
adaptarse a las condiciones más adversas.
Nos despedimos de Huaoraníes en la mañana del otro día, obsequiándole camisetas de la expedición. Dejando atrás el mundo prehistórico de un pueblo, que a sangre y fuego lucha por subsistir, ante el abuso y atropello de ese hombre llamado moderno. Los Indios Aucas o Huaoraníes.


