Por: FAUSTO TRIANA | 8:35 AMPARÍS, 16 de sep.- Durante los años de las invasiones estadounidenses a Afganistán e Iraq, los guionistas de Hollywood encargados del cine de acción dejaron tranquilos a los países de la antigua alianza socialista de Europa.
Desgastados en la muestra de residuos de odio contra el capitalismo en territorios de la desaparecida Unión Soviética y el desmoronado bloque de Europa del Este, apuntaron hacia los árabes y el islamismo.
Caía bien a los intereses belicistas de la Casa Blanca en su "guerra contra el eje del mal" y el terrorismo en el mundo. Para ese entonces, James Bond y las misiones imposibles tenían el objetivo más definido.
El arsenal de ojivas nucleares y poderosos armamentos escondidos en oscuras y muy profundas cuevas de los áridos montes "made in comunistas" parecía agotado. Los desiertos del Medio Oriente hacían la carrera de relevo.
Empero los intereses del complejo militar-industrial son más ambiciosos de lo que cualquier ser humano con sentido común pudiera imaginar. Si por un lado, el tema de los musulmanes todavía encaja, Hollywood vuelve a requerir de enemigos.
Para el celuloide de la peor factura y mediocridad, vuelve a servir el recurso de una suave, solapada y silenciosa guerra fría. Angelina Jolie, ¡qué pena!, se ha prestado para uno de estos ensayos con la cinta Salt.
Pudiera considerarse un largometraje de esos que algunos espectadores califican de simples para el entretener. Sólo que media neurona alcanzaría para digerir semejante producto de alucinante mediocridad.
Le debemos este regalo al director australiano Phillip Noyce quien, si bien nunca fue un genio del celuloide, al menos ofreció facturas más apetecibles y coherentes, aún dentro de las tramas de acción sin mucho contenido.
De Noyce conocemos dos éxitos de taquillas a partir de las novelas de espionaje de Tom Clancy, que colocaron en primer plano el rostro de Harrison Ford en 1992 y 1994 con Juego de patriotas y Peligro inminente, en su papel de Jack Ryan.
En lo anecdótico, recuerdo que viajaba en 1995 de Asia a Europa con destino final Colombia, donde debía trabajar como corresponsal de Prensa Latina durante tres años. Clear and present danger era la película que pasaban en el avión.
El magnetismo de Harrison Ford, uno de esos actores de aires sufridos, sin un brillo espectacular de histrionismo pero siempre agradable, y la virulenta y larga escena inicial atraparon mi atención.
Traducida como Peligro inminente, la cinta precisamente se desarrolla en Colombia. Telón de fondo, los carteles de la droga y la violencia. Si le hubiese creído todo el relato a Noyce con el emblemático Ford, pensaría que iba directo al suicidio. Por fortuna, Colombia no es ni tanto. Al principio asusta, sobre todo cuando ver una Beretta (pistola semiautomática), armas largas y otros instrumentos bélicos puede resultar algo cotidiano en Santafé de Bogotá.
Sin embargo, las estadísticas de violencia, que son ciertas, contrastan con una suerte de hechizo que permite la convivencia en los límites, sin omisiones de alegría, jolgorio, folclor, intensidad cultural y vida social.
Entonces prevalece la amalgama de adoración por la música y los bailes (vallenatos, cumbias, porro, bambuco y joropo de los Llanos Orientales), la diversidad y riqueza geográfica del país, el carácter amistoso y la vocación cultural de los colombianos.
En fin, volviendo al tema del séptimo arte, lo chocante en ocasiones es el tipo de películas que se escogen para mostrar a los pasajeros a más de 12 mil metros de altura.
Menos mal que la elevación del aparato es grande y de todas formas si el asunto llega a situaciones extremas, para eso tendremos a Harrison Ford. Porque es temerario ver a los narcotraficantes con artillería antiaérea listos para hacer estallar en pedazos las naves.
La verdad es que Ford es un actor que transpira confianza, no así Angelina Jolie, quien aparte de su habilidad para sacar del camino a la rubia Jennifer Aniston y quedarse con el rubio de Brad Pitt, se antoja frágil.
Hay fórmulas inexplicables para transformar la apariencia endeble de la esbelta Jolie, quien con sólo cambiar la dentadura es irreconocible, como intenta hacernos creer Noyce con la agente Evelyn Salt.
Salt es como el Increíble Hulk, el cómic que devino serial de televisión difundido de 1977 a 1982, y terminó en la cinta protagonizada en 2003 por Edward Norton.
En la piel de agente, Jolie adquiere una fuerza descomunal que le permite saltar de un camión a otro, golpear a hombres muy altos y fornidos, y salir airosa de los desafíos más extraordinarios. La única diferencia es que Salt no se agiganta físicamente como Hulk.
En los componentes de este bodrio de Noyce -que deja mal parada a Jolie, pese a los millones de dólares que debió cobrar-, están todos los ingredientes de guerra fría del siglo XXI, con los antecedentes del XX.
Los rusos cuando eran soviéticos, la KGB, las redes deseosas de destruir a Estados Unidos y, para dejar la ventana abierta hacia una segunda parte de pronósticos desastrosos, Corea Democrática, el tema nuclear y, de soslayo, Irán.
Para los incautos que todavía dudan de las oscuras intenciones de la aventurera factura de Noyce, vale recordar que Salt se corresponde con las siglas de un acuerdo alcanzado entre la Unión Soviética y Estados Unidos en 1972.
Strategic arms limitation talks (Salt), traducido como Conversaciones sobre Limitación de armas estratégicas, fue firmado por los entonces presidentes Leonid Brezhnev y James Carter, pero en la era Reagan, Washington se desvinculó del tratado.



