Por: RAFAEL E. CAAMAÑO C. | 11:38 AM(Sexta Parte)
Desde la orilla izquierda del Napo, donde se localiza el pueblo Francisco Orellana, importante centro comercial de la región, vemos cómo el ancho río va cubriendo de un manto oscuro, debido a la revoltura de sus aguas, crecidas por las fuertes lluvias que antecedieron y siguieron a los terremotos.
A poco de comenzar a navegar en nuestras canoas río abajo, desfilamos frente a la confluencia del Río Coca, vía fluvial que nace generada por los deshielos del Volcán Antisana y las lagunas andinas que lo embellecen. Este río, al pasar por las faldas del Volcán Reventador y después de presentar imponentes cascadas, desciende a la llanura aluvial para llevar sus aguas al Napo.
Es creencia, que el Río Coca fue la vía utilizada por los españoles que, al mando de Francisco Orellana, exploraron la cuenca amazónica.
En dicha confluencia, comenzamos a ver un fenómeno extraordinario. Minuto tras minuto, con la creciente fluvial aparecen troncos de todos los tamaños, pelados como huesos, más y más numerosos, hasta cubrir la superficie del río.
En esas condiciones de catástrofe general causada por los sismos y sus consecuencias se nos plantea, al inicio de nuestra expedición, suspenderla o continuar el viaje cualesquiera que sean los obstáculos a salvar. Unánimemente nos decidimos por lo último, a pesar de que debemos hacerlo con precariedad y sin los víveres y utensilios por falta de una nave de motor. Así el 6 de Marzo, navegamos desde Francisco Orellana hacia el poblado de Pompeya.
A medida que avanzamos, la palizada se va haciendo mayor; al pasar frente a San Carlos, un lugar prácticamente deshabitado, en medio de la selva, las aguas del río han sido cubiertas por millones de troncos de árboles, como un bosque flotante, muerto, de caótica estructura.
De pie en el alto farallón fluvial, los habitantes de una choza solitaria nos observan, con la preocupación reflejada en sus rostros. Son las diez y diez minutos de la mañana y decidimos saludar a esta familia quichua, lo que no resulta fácil, pues debemos navegar hacia la orilla opuesta por la intrincada palizada, al fin lo logramos.
Hace unos minutos volvió a temblar la tierra - nos dicen -y el saludo confirma la veracidad de las palabras de nuestros remeros indios, quienes en medio del río y los palos, percibieron el estremecimiento de las canoas, provocados por el movimiento sísmico.
Nos acogen fraternalmente y nos cuentan el espanto sufrido en estas soledades durante los crecientes terremotos; de la enfermedad de su pequeña niña; lo sorprendido que está de no ver, por primera vez en su vida, las aguas del río, sino aquella masa de troncos, que desde tempranas horas ha comenzado a bajar, primero por el río Coca y luego por el Napo.
Todas las miradas permanecen fijas en la extraña visión. La marejada de troncos flotantes avanza a razón de siete kilómetros por hora.
Evidentemente, plantea uno de los expedicionarios, que en las laderas del Volcán Reventador, movida por los sismos, se produjeron enorme deslizamiento de tierra, que arrastraron millones de árboles.
Durante las horas que permanecemos en la vivienda, la familia quichua nos brinda la fruta de la palma de chonta, cuya masa amarilla y seca, tiene un sabor parecido ligeramente al ñame.
En la conversación que sostenemos, sale a relucir el tema que siempre está latente en los labios de los hombres de la selva: la mordedura de serpientes venenosas y la forma en que se curan cuando esto ocurre. Antes de chupar el veneno, mastican tabaco.
-El que no tiene buena las muelas, chupa y se jode, dice el quichua Federico. Luego de la herida causada por los colmillos del ofidio, aplican el sumo de las raíces de curanina (canna Sp.).
Hemos quedado aislados del resto de nuestra flotilla de canoas. Debemos decidir si permanecer o dejarnos arrastrar por las aguas del río, como un palo más. Optamos por esto último, mientra saboreamos un jugo de limón, que sirvió inclusive, para aliviar el dolor estomacal de uno de los expedicionarios...
Nos despedimos de los amigos quichua. Empezamos a navegar con cierta dificultad por los enormes troncos, que impulsados por las aguas chocan con la canoa, levantándola por momento. Navegando en tan insólita condiciones, podemos ver una increíble cantidad de peces muertos, hinchados, pestilentes, entre los que sobresale el bagre, el bigotudo pez amazónico; más allá, vacas que parecen globos, rígidas y con las
patas arriba como mástiles de extrañas naves, atrapadas en caos vegetal. Serpientes y ranas, más afortunadas, son pasajeras de los troncos flotantes y finalmente, la dolorosa visión de algunos cadáveres humanos, fulminados como consecuencia del sismo.
La canoa motorizada del Ejercito Ecuatoriano viene en nuestra ayuda y luego de tres horas de navegación entre las palizadas, arribamos a nuestro objetivo la Misión Católica de Pompeya. Poco después de nuestro arribo, llueve a cántaros y todos recibimos el aguacero con satisfacción, pues así podemos bañarnos al aire libre y recoger agua para llenar las cantimploras.
Con el discurrir de los días, se va desarrollando amistad entre los expedicionarios, procedentes de tan disímiles países indo americanos: Andinos; costeños y caribeños, razón que nos permite conocer las diferencias culturales, sus idiosincrasias y sentimientos comunes, que finalmente cuajarían en una idéntica aspiración por eliminar el separatismo a que nos ha conducido la historia a lo largo de siglos de influencia colonial y neocolonialista.



