Por: RAFAEL E. CAAMAÑO C. | 6:01 PMQUICHUAS DEL NAPO
(Cuarta parte)
Son las cinco de la madrugada. Dormimos un sueño profundo. De pronto, cruje un palo viejo, y un ruido seco, fuerte, se adelanta a los gallos y a los pájaros en la selva en su misión de despertar el campamento. La expedicionaria Leda ha caído de su hamaca, suspendida en el alto alero de la cabaña de guano.
En medio de la oscuridad y el caos formado por las muchas hamacas, comprobamos que, afortunadamente, nadie ha sufrido lesión alguna.
A la salida del sol, improvisamos un desayuno con yuca y plátanos hervidos, que logramos comprar a una familia india. Poco después, reiniciamos la navegación hacia Puerto Francisco de Orellana, 76 kilómetros aguas abajo.
Avanzamos por las zonas de Guacamayo y Mondaña, dejando atrás los afluentes del Napo, Pucana, Huino y Suyunuyacu.
De puntero en la Simón Bolívar, va el quichua Pedro Sanguila Chigoango. Como todos los de su etnia, es pequeño de estatura, de rostro más bien oscuro, de ojos ligeramente rasgados, pelo negro lacio. Los habíamos conocidos meses atrás, cuando en la selva de Tena se construían nuestras canoas.
Nos cuenta que nació el lunes 8 de Julio de 1946. Habla en castellanos con bastante fluidez. Señala que sus padres eran Elena Chigoando y Vicente Sanguila. Su abuelo Pedro Yamachanga, era el cacique y quien les enseño a sus hijos todos los secretos de lo antiguo. Él sacaba troncos de monte, trabajaba el caucho y lavaba oro del río. Confiesa ser cristiano. Por supuesto que el cristianismo de muchos quichuas bulle transculturado con los viejos elementos de su mundo espiritual.
Ellos respetan aún a Amasanga y a Manguí, los espíritus de la selva y de la tierra que cultivan. También a Sanguí, deidad de las aguas, simbolizada por la serpiente Anaconda. Con los alucinógenos silvestres, entre éstos la ayahuaca, se drogan y pasan a un mundo de sueños y de magia.
Se da por cierto mediante investigaciones antropológicas, que la presencia de los quichuas en la selva Oriental del Ecuador, es el resultado de un largo proceso migratorio que comenzó con la fundación y desarrollo del imperio incaico y que a partir de la región del Cuzco se extendió, en son de conquista, hacia los cuatro puntos cardinales, el llamado Tahuantinsuyo.
Así, los quichuas llegaron hasta Colombia, por el norte, y a Chile por el Sur, dominaron la costa del Pacífico y bajaron de los Andes hacia la Amazonía. Este empuje migratorio no se detuvo con la conquista española y en el último siglo, continuaron poblando la selva, especialmente las orillas del Napo, atraídos por los caucheros y colonos blancos.
El quichua actual de la cuenca amazónica es el quechua de la sierra. Se estima que actualmente hay alrededor de treinta y cinco mil quichuas parlantes en la región selvática. Recordemos que toda America del Sur hay más de ocho millones de seres que hablan la lengua de los Incas, el idioma aborigen más extendido en el Nuevo Mundo.
En la selva, el quichua presenta variantes o formas dialectales, pero todas poseen un trasfondo común con el cual pueden entenderse. Por otra parte, como sucede siempre que se expande una cultura, el idioma es enriquecido con aportes de otros pueblos, en este caso de las culturas locales, especialmente la jibaroana, aparte del español.
Los quichuas del Oriente Ecuatoriano se dividen en dos modos culturales. Canelos quichuas y Quijos quichuas. Los primeros se llaman a sí mismos runa, que en su lengua significa persona, y a su idioma runa chimi o lenguas de las gentes. Se han expandidos hasta la selva desde las elevaciones postreras orientales de los Andes, por los ríos peruanos, donde forman importantes núcleos de población como en la zona del Marañón, en el curso superior del Amazonas. Los Quijos quichuas habitan principalmente las áreas elevadas de los valles Quijos y Archidona.
Algunos estudiosos identifican el dialecto hablado por los pobladores del Río Napo, incluso hasta Iquitos, con el nombre de Limoncocha. Los quichuas por donde navegamos se agrupan en la Federación Indígena del Napo y también en cooperativas y comunas.
La navegación, que al paso de las horas ha ido haciendo tediosa, se anima ante cualquier escena humana. Ahora, contra la corriente, muy cerca de la orilla, avanza una piragua, dos niños la impulsan con una fina palanca de caña. Más hacia abajo, y cerca de una isla fluvial, dos parejas de conyugues quichuas lavan las arenas para extraerles partículas de oro.
Durante un largo rato observamos trabajar a las mujeres, mientras sus maridos conversan. Para extraer el precioso metal, palean arenas y gravas que ciernen en una lata agujereada, de modo que sólo los granos más finos caen dentro de un cajón del que disponen.
Pasado el mediodía, a 47 kilómetros del poblado de Bellavista Baja, navegamos por la desembocadura del Río Huino, afluente izquierdo, y 13 kilómetros más adelante, lo hacemos frente a la confluencia del Suyunuyacu, en quichuas, río de las bandadas de golondrinas.
Pasada las tres de la tarde, desembarcamos en la margen derecha del Río Napo, en el pequeño muelle de la Brigada Selva 19, del Ejército Ecuatoriano. El Coronel Ramiro Silva, tras una cordial bienvenida, nos hospeda en una barraca, frente a otra que ostenta un enorme letrero "Al Amazonas por la ruta de Orellana".
Frente al cuartel, en la orilla opuesta del Napo, se levanta el pueblo y puerto fluvial Francisco de Orellana, que los expedicionarios del Ejército Ecuatoriano, sitúan astronómicamente mediante la ayuda de un satélite artificial. Aquí nos reunimos con los expedicionarios del primer grupo, que habiendo salido de Quito con la pesada carga, tuvieron que vencer difíciles obstáculos, pues fueron sorprendidos por lluvias torrenciales que derrumbaron puentes y destruyeron carreteras.


