Por: JOSÉ LUIS MORONTA SERRANO | 9:26 PMCreer que la lectura y la actividad intelectual impiden servir a los peores intereses es un error que la Historia misma se encarga de refutar con innumerables ejemplos. El intelecto, a lo largo de la historia, ha servido, en muchos casos, para favorecer proyectos perversos que incluso se han revertido contra la racionalidad de la que dicha actividad supuestamente depende.
En nuestra historia reciente hemos visto cómo los representantes de la llamada clase intelectual se adhirieron al deleznable proyecto político que forjó por 31 años la peor dictadura que se ha cernido sobre el pueblo dominicano. Esos pensadores no vacilaron en mancillar el vocabulario emancipador del “Ariel” de Rodó y ponerlo al servicio del “Calibán” que terminó devorando a muchos de ellos.
Es lamentable admitirlo pero del “oficio” de intelectual muy pocos pueden vivir en República Dominicana manteniendo independencia de criterio y una posición crítica firme ante los acontecimientos sociopolíticos. Por ese motivo, en parte, y falta de ética y principios, en mayor proporción, es que la gran mayoría de los intelectuales han tenido que vender al mejor postor (que generalmente es el gobierno de turno) el prestigio de su condición, evacuando “reflexiones” parcializadas que favorecen a las clases dominantes y que contribuyen a mantener anestesiadas las mentes de los gobernados. Otros, en un rol más pasivo, simplemente callan y legitiman con su silencio, y presencia en actividades “culturales” donde lo menos que se promueve es la cultura, todas las barbaridades y desaciertos que su condición de “hombres de pensamientos” les compromete a enfrentar.
El llamado pensamiento crítico, salvo honradas excepciones, hace tiempo que sucumbió ante el oro de las arcas del Estado, doblando la cerviz frente al avasallante poder político, sirviéndose con la cuchara grande en el banquete del poder, aportando su cuota de “racionalidad” y “criticidad” a favor de acciones y comportamientos que nada de racional y crítico exhiben. En ese sentido, la observación de la práctica intelectual durante la Era de Trujillo constituye el ejemplo más edificante del tipo de relación que ha primado entre “la clase pensante” y el Estado. La Historia, la poesía, el ensayo, y las artes en sentido general, fueron rebajada a la condición de serviles del régimen, originándose un formidable universo cultural que sirvió de sostén y justificación a la dictadura.
Dicen que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla, pero de los intelectuales no puede afirmarse que no la conozcan, sobre todo, si ésta es reciente y el tufo de ella ha sido tan maloliente que, desde el pasado, el hedor llega al presente traspasando el espacio temporal. Y conociéndola, siguen embarcándose en los mismos proyectos alienantes y totalitarios, aportando su cuota de “racionalidad” a los peores fines, arrastrándose como reptiles tras las alucinantes imágenes de una nueva clase aristócrata, propia de lugares como las bíblicas Sodoma y Gomorra.


