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Del Amazona hasta el Caribe
Por: RAFAEL E. CAAMAÑO C. | 1:58 PM

(Tercera parte)

Comenzamos a navegar

"Es, pues, llegado el momento de que salgamos a navegar", dijo El
Libertados en ocasión decisiva par los destino de América.

Ha transcurrido siglos y medio desde que Simón Bolívar pronunciara aquellas palabras y hoy también es la hora de que los indoamericanos, en pos de nuevas y magnas realizaciones, vistamos pantalones largos, andemos con botas de siete leguas y empecemos a redescubrir nuestra América entrañable.

En el caserío de Misahuallí, donde las aguas del río de este nombre se unen a la del Napo, uno de los más caudalosos afluentes del Amazonas, iniciamos el largo viaje en canoas por los caminos fluviales de las cuencas amazónicas y orinoquense, rumbo al
Caribe, para luego bordear, de isla en isla, el arco de las Antillas Menores y Mayores hasta Cuba y, finalmente, a la islita de Las Bahamas de nombre Guanahaní, que el 12 de Octubre de 1492 el Almirante de la Mar Oceána llamara San Salvador.

Nuestra llegada a esta primera tierra americana vista por los europeos, dentro de un año reeditarà, como hace medio milenio, el encuentro de las canoas y de las carabelas, el encuentro del Nuevo y el Viejo Mundo.

Es martes 2 de marzo de 1987 y el reloj marca las once de la mañana. En la proa de la canoa insignia "Simón Bolívar", se alza el estandarte de la expedición, bordado primorosamente por Indias ecuatorianas, según diseño de Guayasamín. En la orilla fluvial, nos despide, entre otros, el general de división J. Gonzalo Orellana, quién ha coordinado eficientemente la participación de los ecuatorianos.

Justo al partir, una bandada de negros gallinazos, auras rapaces, vuela sobre nuestras cabezas. Alonzo Andi Licuy, el indio quichua que ha dirigido tan eficientemente la construcción de las canoas y miembro de la delegación ecuatoriana en la expedición, observa con pesimismo la escena.

Unas jóvenes aborígenes lloran desconsoladamente porque esas aves de rapiña son un mal presagio. Andi Licuy, presionado por sus familiares, decide no acompañarnos en esta primera jornada y predice malas noticias.

Cuatro días después, la casualidad le daría la razón: la zona andina y la selva amazónica por donde transitamos serían sacudidas por violentos terremotos, lluvias torrenciales y el Río Napo se cubriría de peligrosas palizadas o troncos flotantes, nunca vistas por sus moradores. La ruina, la desolación y la muerte se adueñarían con dramatismo de la cuenca fluvial.

Un grupo de amigos ha venido desde Quito para desearnos buena suerte y en otras canoas acompañan a la nuestra durante los primeros momentos. En una de ellas distinguimos a Carlos Zamora, embajador de Cuba en Ecuador.

Remo en mano, hermanados a dieciséis indios de la etnia quichua, van treinta y dos científicos y técnicos del Ecuador, Perú, Colombia, Brasil y Cuba. Aguas abajo, se unirán venezolanos, y por el Mar Caribe, trinitarios, puertorriqueños, dominicanos, haitianos y de otros países de las Antillas Menores y de las Bahamas, en esta cruzada por la integración indoamericana, fundidos en el crisol de la ciencia y la cultura. Escolta la expedición una gran canoa de aluminio, donde viajan dos mayores y seis soldados del Ejército ecuatoriano.

Navegamos corriente abajo, justo donde el Rìo Misahuallí entra al Napo, cuyas fuentes bajan de las cordilleras de Los Llanganates y Guacamayos, en los Andes Orientales Ecuatorianos. Un importante afluente del Napo, el Coca, penetra un poco más abajo, después de nacer en los hielos del Antisana, donde fluye por el volcán Reventador.

Nos deslizamos velozmente a lo largo de los rápidos, marginados siempre por la frondosidad de la vegetación selvática.

A veces más que remar, se hace necesario frenar el impulso fluvial. El agua del río parece hervir en su agitado movimiento.

A los raudales sigue el remanso, y las canoas aminoran la marcha. Los remeros quichuas aumentan el ritmo de sus movimientos, modestamente ayudados por las tripulaciones indoamericanas, que así vamos aprendiendo de estos maestros de la selva.

El Napo se desliza por entre lomeríos encadenados que sobrepasan los
500 metros sobre el nivel del mar. Por momentos, las márgenes forman sistemas de terrazas superpuestas y también playas de cantos rodados y arenas. En ocasiones el nivel del río asciende sobre sus propios arrastres y forma numerosas islas.

En las solitarias y umbrosas márgenes, cual catedrales arbóreas, se alzan las descomunales ceibas, conocidas aquí por puchuputo, los chucos, semejantes a enormes flechas que apuntan al cielo, probablemente los árboles más altos con 150 metros aproximados; guarumos o seticos, la palma de chonta, utilizados por los indios para hacer arcos y lanzas y centenares de especies más, forman la vorágine selvática.

Entramos en un nuevo meandro y una familia de indios quichuas, desde
la orilla derecha, nos invita a desembarcar en el poblado de Campana Cocha. Vestida con un bastón que deja traslucir su cuerpo, una hermosa india de blanca sonrisa y brillantes ojos negros, nos brinda la bebida más típica de la selva, símbolo de hospitalidad; la refrescante chicha, preparada con yuca fermentada, que mezclan dentro de una jícara con agua del río. Otro indio coloca en la proa de la "Simón Bolívar" el preciado regalo de un racimo de plátano, muy semejante a la variedad conocida por manzanos.

Al subir de nuevo a las canoas, las jóvenes indias nos lanzan agua en medio de sus ingenuas risotadas, como parte del ritual carnavalesco que celebran de esta manera.

En el río, el cálculo aproximado de la velocidad de las canoas durante esta primera jornada, es de unos 6 kilómetros por hora en los remansos, mientras que en los rápidos llega a 8. A las cuatro y veinte de la tarde llegamos a Bellavista Baja, después de recorrer 47 kilómetros. Tres barracones constituyen este campamento abandonado, construido originalmente por los obreros al servicio de las empresas petroleras.

En el lugar, la mayoría de los expedicionarios colgamos las hamacas en un rancho casi deshecho, de guano y paredes de caña.

Otros compañeros levantan sus pequeñas tiendas de campaña. Sobre nuestras cabezas se destaca la Constelación de Orión y hacia el horizonte, la Osa Mayor; Bellavista Baja se halla a unos 100 kilómetros al Sur de la línea ecuatorial.