Por: RAFAEL E. CAAMAÑO C. | 10:29 PMEN CANOA
(Segunda parte)
EN TRANSITO POR LA CARRETERA
Continuamos la ruta hacia el poblado de San Miguel de Salcedo. Las lomas andinas, áridas, muestran las peligrosas dentelladas de una implacable erosión. La carretera marginada por altos y frondosos eucaliptos, disminuye su anchura y de cuatro vía pasa a dos.
Al cruzar un puente sobre el río, dejamos atrás la provincia de Cotopaxi y entramos a la de Tungurahua. Poco después detenemos nuestro vehículo para contemplar el Lago Yambo, abierto en el fondo de un antiguo cráter volcánico. En sus altas márgenes, los cortes de la carretera dejan ver cineritas y cantos rodados que dejan ver el espacio por donde corrieron anteriormente ríos, que hoy fluyen mucho más abajo.
Ya cerca de la ciudad de Ambato, capital de Tungurahua, el panorama se anima por las diversas frutas que dan fama a la región.
En el poblado del Lago, se admira un profundo cañón fluvial, y más adelante, edificada sobre una alta terraza fluvial la ciudad de Ambato, que al principio da la impresión de estar colgada de un abismo.
Nos detenemos para almorzar y recorrer la feria dominguera. Las calles, saturadas de vendutas y viandantes, semejan un pandemoniun comercial: Frutas multicolores, víveres, ropas, artesanías, hierbas para remedios que, según el pregón del vendedor, acaban con los piojos y el más reacio dolor de barriga y hasta imitaciones de las cabezas reducidas de los indios Shuaras.
Poco después del mediodía abandonamos Ambato y pasamos por el poblado de Pelileo.
Hacia adelante, el telón orográfico de Los Llanganates, perteneciente a la cordillera de los Andes. Avanzamos en línea recta de Oeste a Este, a lo largo del tajo descomunal del curso superior del Río Pastaza. Posteriormente, cerca del cañón del Río Cutuchi, observamos las rocas basálticas que semejan una larga columna.
Por el fondo, rugen las espumosas aguas fluviales. Desde la margen derecha, altísima, se precipita El Manto de la Novia, cascada que cae al pie de la ciudad de Baños, famosa por sus aguas termales.
Luego aparece ante nuestra vista la colosal Cascada del Agoyán, donde una enorme roca divide las aguas del Río Pastaza en dos grandes ramales, que al unirse se precipitan en un solo torrente de más de 50 metros de altura. Un vaporoso manto impulsado por el viento cae suavemente y al llegar abajo rebota hacia arriba, blanco como la leche.
En la región, saturada de humedad a causa de los saltos y las frecuentes lluvias, comienza a manifestarse la Ceja de la Selva.
Una tupida vegetación arraiga hasta en las rocas volcánicas, muy plegadas, del farallón opuesto cae el imponente y majestuoso Salto de Merced. Aparecen los helechos y otras plantas del bosque húmedo, y entre ellas sobresale el plátano, tan típico del Trópico.
Hemos dejado atrás el espinazo de Los Andes y penetramos en el mundo verde y maravilloso de la Selva, con sus yagrumas de gráciles ramajes, malangas de hojas gigantescas, musgos de tonalidades verde tierno y brillante, que a veces cubren hasta el techo de las casas.
En un claro, entre la vegetación, podemos observar la primera escuelita. La abundancia de ríos y cascadas, domina el paisaje. El Río Verde, así llamado por su color, fluye cristalino y puro por entre cantos rodados.
Otro río de transparentes aguas cruza la vía. Todas esas corrientes nutren el Río Pastaza. Cruzamos el Río Toro y pasado el pueblo de Mangayuco, llegamos a Mera, que como otros tantos pueblos, la iglesia católica es su más importante edificio.
Poco después arribamos a Shell, pueblo fundado por petroleros de la zona, de ahí el nombre. A su lado un pequeño aeropuerto, el primero que vemos en el cruce de Los Andes.
Vadeamos el Río Pindo Grande y a las cuatro y media de la tarde, llegamos a la ciudad de Puyo, con todas sus calles revestidas de cantos rodados. Esta población de unos 12,000 habitantes que proceden mayormente de la sierra, atraídos por el espejismo de la explotación petrolera.
Nuestro chofer, Braulio Perrones, ha permanecido callado hasta ahora, pero el panorama selvático lo anima a conversar. Nos cuenta que cuando servía como soldado, en el Río Putumayo mató de un tiro una Serpiente Boa de 25 pies de largo. El reptil, aún herido, demostró tal fuerza, que partió los palos donde se encontraba. Al abrirla para quitarle la piel y comérsela, halló dentro un venado. La misma sirvió luego para alimentar una parte del batallón.
A las seis y treinta de la tarde, llegamos al gran puente colgante del Río Napo. Aquí nos espera el grupo que ha dirigido Padrón desde Quito y juntos continuamos por un terraplén hacia Puerto Nisahuallì, en la orilla izquierda del Napo.
En el campamento militar de Misahuallí, donde nos alojamos, somos recibidos fraternalmente por soldados y la comunidad indígena. Un grupo de treinta y nueve jóvenes indios y cholos ò mestizos, ha cruzado a pies Los Andes, para saludar el comienzo de nuestra expedición.
Marcharon desde Quito hasta aquí bajo la bandera del antiguo imperio incaico de Tahuantisuyo, formada por los colores del arcoiris, con la siguiente consigna "Caminemos todos tomados de las manos, recordando que lo fundamental es la fraternidad, la amistad, la patria, recordando a nuestros héroes, respetando la naturaleza y a todo caminante de esta vida".


